CUANDO EL TURISMO DEVORA LA VIVIENDA: LLANES Y GIJÓN ANTE SU SENTENCIA CIUDADANA

 

Hoy podemos por fin poner cifras al grave problema que tienen municipios como Gijón y Llanes con la vivienda vacacional y porque el problema de la vivienda es el mayor problema que tiene los asturianos en los municipios costeros. El crecimiento de las viviendas de uso turístico en Asturias se ha convertido en uno de los fenómenos más visibles y controvertidos del mercado inmobiliario regional. Lo que comenzó hace años como una alternativa puntual de alojamiento para visitantes se ha transformado en un modelo de negocio altamente rentable que está modificando el acceso a la vivienda, especialmente en las zonas urbanas y en los municipios con mayor atractivo vacacional. La magnitud del fenómeno es de tal magnitud que actualmente el Principado registra 5.773 viviendas de uso turístico capaces de alojar a 26.583 personas, una cifra que se acerca peligrosamente a la capacidad hotelera de toda la comunidad, situada apenas unos tres mil puestos por encima. El ritmo de crecimiento, además, no se detiene: a finales del año 2025 había 5.710 pisos registrados y en apenas unos meses ya se han sumado más de sesenta nuevas propiedades y más de trescientas plazas adicionales.

La expansión de este tipo de alojamientos no se reparte de manera homogénea. Dos de cada tres plazas turísticas se concentran únicamente en tres municipios: Gijón, Oviedo y Llanes, curiosamente gobernados por la derecha extrema de Foro y PP en Gijón y Oviedo y la ultraderecha en Llanes con VecinosxLlanes y PP. Estas localidades reúnen 3.843 alojamientos, lo que representa el 66,6 % del total regional, y acumulan cerca de 17.750 plazas. Gijón encabeza claramente la lista con 2.002 viviendas turísticas y 9.465 plazas, es decir, más de un tercio de toda la oferta existente en Asturias. Oviedo ocupa la segunda posición con 1.240 inmuebles y 5.654 plazas, mientras que Llanes, convertido en el gran referente turístico residencial del oriente asturiano, suma 601 viviendas y 2.631 plazas. Detrás aparecen otros concejos donde el fenómeno también empieza a consolidarse, como Cangas de Onís, Avilés, Ribadesella, Gozón, Castrillón, Cudillero, Villaviciosa o Colunga.

 

Este crecimiento responde principalmente a la elevada rentabilidad que ofrece el alquiler turístico frente al alquiler residencial tradicional. Muchos propietarios consideran además que este sistema proporciona mayor seguridad jurídica y más flexibilidad, lo que ha provocado que numerosos inmuebles abandonen el mercado residencial para orientarse al turismo de corta estancia. Las consecuencias comienzan a ser visibles: aumento de precios, reducción de oferta para residentes y tensiones de convivencia en edificios donde vecinos permanentes comparten espacio con turistas que cambian constantemente.

La situación de Asturias no es un caso aislado, sino parte de una tendencia nacional. En toda España existen ya más de 330.000 viviendas de uso turístico que generan más de 1,6 millones de plazas. Ante el temor a la proliferación descontrolada y al fraude en plataformas digitales, el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana impulsó el pasado verano un registro único estatal para los alquileres de corta duración. La medida obligaba a todos estos inmuebles a inscribirse en una plataforma nacional y obtener un código identificativo imprescindible para anunciarse en Internet. Sin embargo, el Tribunal Supremo anuló recientemente esta iniciativa al considerar que invadía competencias autonómicas, dejando el control en manos de las comunidades autónomas.

En Asturias, no obstante, el impacto de esta sentencia es limitado porque el Principado ya regula el sector desde hace una década. El Decreto 48/2016 estableció por primera vez una normativa específica para las viviendas vacacionales y turísticas. Ahora, el Gobierno autonómico ha endurecido todavía más las condiciones con un nuevo decreto que busca frenar los problemas de convivencia y evitar desequilibrios territoriales. Entre las nuevas medidas destaca la prohibición de destinar viviendas protegidas al alquiler turístico, la obligación de instalar medidores de ruido para controlar molestias vecinales y la necesidad de ofrecer atención presencial o telemática durante las primeras 24 horas de estancia. También se veta la entrega de llaves mediante cajetines instalados en la vía pública, una práctica cada vez más extendida y que otras comunidades autónomas también empiezan a restringir.

La dimensión real del fenómeno es incluso mayor si se añaden las llamadas viviendas vacacionales, diferenciadas por el Principado de las viviendas de uso turístico tradicionales. Mientras estas últimas suelen ser pisos o apartamentos integrados en edificios residenciales, las viviendas vacacionales incluyen casas independientes, chalés o villas. Sumando ambas categorías, Asturias alcanza los 8.567 inmuebles turísticos registrados y supera ya las 44.000 plazas disponibles, una cifra que evidencia hasta qué punto el turismo residencial se ha convertido en un elemento central de la economía regional.

Pese al crecimiento masivo, todavía existen municipios donde este fenómeno apenas tiene presencia. Concejos como Riosa o Salas cuentan únicamente con una vivienda turística registrada, mientras que en San Martín de Oscos solo existe un inmueble con capacidad para cinco personas. También llama la atención el caso de Llanera, donde apenas dos viviendas ofrecen diecisiete plazas. Estos contrastes reflejan cómo la expansión turística se concentra principalmente en las zonas urbanas y costeras, mientras gran parte del interior asturiano continúa al margen de esta transformación https://bit.ly/4dJVxfV

En Llanes y Gijón, el auge de las viviendas de uso turístico funciona como un acelerador de una crisis previa: la falta de vivienda asequible, la escasez de vivienda protegida y la dificultad de los jóvenes y trabajadores para quedarse a vivir donde estudian, trabajan o quieren construir un proyecto de vida. Cuando una vivienda deja de competir en el mercado residencial y pasa a competir en el mercado turístico, cambia por completo su función social. Ya no responde a la necesidad de una familia, una pareja joven, un trabajador de temporada o una persona que quiere emanciparse; responde a la rentabilidad de estancias cortas. Y ahí está el núcleo del problema.

En Asturias hay ya 5.773 viviendas de uso turístico con 26.583 plazas, y la concentración es muy desigual: Gijón, Oviedo y Llanes reúnen 3.843 alojamientos, el 66,6 % del total, y 17.750 plazas. Gijón concentra 2.002 viviendas turísticas y 9.465 plazas, mientras Llanes suma 601 viviendas y 2.631 plazas. Es decir, dos municipios con realidades distintas soportan una presión muy intensa sobre su parque residencial. En Gijón, por volumen urbano; en Llanes, por la enorme presión turística sobre un concejo mucho más pequeño.

En Llanes, el problema adquiere una gravedad especial porque el turismo residencial no actúa sobre un mercado amplio y flexible, sino sobre un municipio donde la vivienda disponible es limitada y donde la falta de planeamiento urbanístico (PGOU) estable agrava la situación. La incapacidad de aprobar definitivamente un PGOU durante tantos años ha dejado al concejo sin una herramienta clara para ordenar el crecimiento, reservar suelo para vivienda protegida, equilibrar usos turísticos y residenciales y planificar el futuro. El propio Principado llegó a urgir al Ayuntamiento de Llanes a aprobar su plan general, recordando que ya se estaban incumpliendo plazos https://bit.ly/4nL9uPj  

La consecuencia es evidente: si no hay planeamiento eficaz, no hay política pública de vivienda suficientemente fuerte. Y si no hay vivienda protegida ni suelo ordenado para desarrollarla, el mercado queda entregado a la lógica más rentable. En un concejo como Llanes, esa lógica es el alquiler turístico. El resultado es que muchas viviendas dejan de ser hogares potenciales para convertirse en activos turísticos. Esto expulsa población joven, dificulta que trabajadores del propio sector servicios vivan cerca de su empleo y convierte pueblos y zonas urbanas en espacios cada vez más pensados para visitantes que para residentes.

La moratoria de Llanes sobre nuevas viviendas turísticas confirma que el propio gobierno municipal de la ultraderecha reconoce la saturación. La suspensión de nuevas licencias se prorrogó y afecta tanto al suelo urbano como a núcleos rurales considerados saturados, especialmente allí donde las viviendas turísticas superan el 5 % del parque residencial https://bit.ly/42PEi7R Pero una moratoria, por sí sola, no resuelve el fondo del problema: frena temporalmente, pero no sustituye a una política estructural de vivienda pública, alquiler asequible y planificación urbana.

En Gijón, la situación es distinta pero igual de preocupante. La ciudad tiene más población, más actividad económica y más capacidad urbana, pero también una presión residencial creciente. Que existan 2.002 viviendas turísticas en el municipio supone que una parte relevante del parque de vivienda se orienta a la rentabilidad turística en vez de al alquiler estable. Además, otros datos apuntan a que en Gijón las plazas en viviendas turísticas han llegado a representar una parte muy elevada del alojamiento disponible, incluso con informaciones que señalan que las viviendas turísticas ya suponen seis de cada diez plazas de alojamiento en la ciudad https://bit.ly/49UB7zx

El conflicto político en Gijón gira en torno a qué papel debe tener lo público y qué papel deben tener los promotores privados. El problema del gobierno municipal de Moriyón formado por Foro, PP y una tránsfuga es que intenta introducir a los promotores privados como pieza central de la solución y el Gobierno del Principado rehúye de dicha solución. Esa vía puede acabar convirtiendo una emergencia social en una oportunidad de negocio: se reconoce que falta vivienda asequible, pero se permite que la solución dependa de la rentabilidad que obtengan empresas constructoras o propietarios privados. Ahí aparece la contradicción: si el mercado ha sido incapaz de garantizar vivienda accesible, confiar en ese mismo mercado para resolver el problema puede perpetuarlo y condenar definitivamente a sus ciudadanos.

La vivienda protegida debería servir para sacar una parte del parque residencial de la lógica especulativa. Su función no es maximizar beneficios, sino garantizar arraigo, emancipación, estabilidad laboral y cohesión social. Si la política de vivienda protegida se diseña para que sea atractiva principalmente para los promotores, existe el riesgo de que deje de responder a quienes más la necesitan. La oposición municipal ha criticado precisamente el Plan Llave de Gijón, calificándolo de fracaso y planteando que los terrenos deberían orientarse a construir vivienda protegida con mayor intervención pública https://bit.ly/4v2mjqD

El impacto laboral es directo. Una ciudad o concejo donde no se puede vivir acaba teniendo problemas para sostener su propia economía. Jóvenes que podrían trabajar, emprender o quedarse en Asturias se ven obligados a marcharse o a retrasar su emancipación. Trabajadores de hostelería, comercio, cuidados, mantenimiento, limpieza o servicios turísticos pueden encontrar empleo en zonas como Llanes o Gijón, pero no una vivienda asumible cerca de ese empleo. Esa contradicción es especialmente grave: el turismo genera actividad, pero si esa actividad encarece la vivienda hasta expulsar a quienes trabajan en ella, el modelo se vuelve socialmente insostenible.

Por eso, la crisis de vivienda no puede analizarse solo como una cuestión inmobiliaria. Afecta a la natalidad, al envejecimiento, al comercio local, a los colegios, a los servicios públicos y a la economía cotidiana. Un municipio sin jóvenes residentes pierde futuro. Un barrio lleno de pisos turísticos puede tener más movimiento en verano, pero menos comunidad durante el resto del año. Un centro urbano con alquileres imposibles puede atraer visitantes, pero expulsar vecinos. Y una economía que depende de trabajadores que no pueden vivir donde trabajan termina debilitándose.

En el caso de Llanes, el bloqueo urbanístico y la presión turística han producido una combinación especialmente peligrosa: mucho atractivo turístico, poca vivienda asequible y falta de una planificación sólida durante años. En Gijón, el riesgo está en abordar la emergencia habitacional con fórmulas que no rompen suficientemente con la lógica de mercado. En ambos casos, la vivienda se convierte en el gran problema municipal porque de ella dependen todos los demás: empleo, juventud, arraigo, equilibrio territorial y futuro económico.

La conclusión es clara: si Llanes y Gijón no priorizan vivienda pública, vivienda protegida real, límites efectivos al uso turístico y planificación urbana al servicio de los residentes, el resultado será una Asturias cada vez más difícil para vivir y cada vez más orientada a ser consumida temporalmente. El problema no es que haya turismo; el problema es que el turismo y el negocio inmobiliario acaben teniendo más derecho a ocupar el territorio que la gente que necesita vivir en él.

La otra derivada fundamental es que la vivienda vacacional no solo tensiona el mercado residencial, sino que puede alterar por completo el equilibrio económico del propio turismo. Es decir, el fenómeno no amenaza únicamente a quienes buscan una vivienda para vivir; también puede terminar dañando a la propia actividad que, en teoría, lo alimenta. Ahí aparece una contradicción muy seria: el alquiler vacacional crece gracias al atractivo turístico de territorios como Llanes o Gijón, pero si se expande sin control puede acabar debilitando el empleo, el tejido empresarial hotelero y la sostenibilidad del modelo turístico.

El turismo asturiano ha funcionado durante años sobre una estructura relativamente reconocible: hoteles, hostales, casas rurales, restaurantes, comercio local, servicios complementarios y empleo asociado. El alojamiento hotelero no es solo un lugar donde duerme el visitante; es una actividad empresarial que genera puestos de trabajo directos e indirectos. Un hotel necesita recepcionistas, personal de limpieza, mantenimiento, cocina, administración, lavandería, proveedores, seguridad, reformas, suministros y servicios externos. En cambio, una vivienda vacacional puede operar con una estructura laboral mucho más ligera: una propiedad, una plataforma digital, limpieza puntual y gestión remota. Por eso, aunque ambas actividades alojan turistas, no producen el mismo impacto laboral.

Si el visitante se desplaza progresivamente del hotel hacia la vivienda vacacional porque le resulta más barata, más flexible o más cómoda para viajar en grupo, el modelo turístico empieza a cambiar. A corto plazo puede parecer positivo porque aumenta la oferta de alojamiento y permite atraer a más visitantes. Pero a medio plazo puede producir un efecto de sustitución: parte de la demanda que antes sostenía al sector hotelero pasa a alimentar rentas privadas dispersas. El dinero sigue entrando, pero se reparte de otra manera y genera menos empleo estable. La vivienda vacacional puede captar riqueza turística sin crear una estructura laboral equivalente a la hotelera.

Ahí está el riesgo de fagocitación. El alquiler vacacional no complementa necesariamente al hotel; en determinados mercados puede competir directamente con él. Si esa competencia se produce sin límites, sin obligaciones equivalentes y sin una fiscalización intensa, el sector hotelero queda en desventaja. Los hoteles soportan costes laborales, normativas de seguridad, accesibilidad, licencias, inspecciones, convenios colectivos y obligaciones empresariales. Muchas viviendas vacacionales funcionan con costes menores y con una capacidad de adaptación más rápida. Esa diferencia puede provocar que el alojamiento turístico se desplace hacia una fórmula menos intensiva en empleo, con consecuencias graves para una economía como la española que tiene un 15% del PIB que depende precisamente del trabajo generado por el turismo.

El problema es especialmente delicado en lugares como Llanes. Allí el turismo actúa como la gran actividad económica del concejo, la verdadera “gallina de los huevos de oro”. Si esa gallina se transforma en un modelo cada vez más basado en rentas inmobiliarias y menos en empresas turísticas con empleo, el municipio puede encontrarse con una paradoja: más visitantes, más presión sobre la vivienda, más beneficios para algunos propietarios, pero menos capacidad de generar empleo suficiente y estable para la población local. El turismo seguiría existiendo, pero produciría menos arraigo económico.

Además, el alquiler vacacional tiene una característica muy importante: convierte la vivienda en un activo financiero. Una casa deja de ser principalmente un bien de uso y pasa a ser un instrumento para extraer rentas. Esto es legal y comprensible desde el punto de vista del propietario: si una persona tiene capital y vive en un municipio donde casi no existen alternativas productivas fuera del turismo, es lógico que vea en el alquiler vacacional una forma rentable de invertir. En Llanes, donde el tejido económico está muy condicionado por la estacionalidad turística y donde no existen grandes alternativas industriales o tecnológicas, el ladrillo turístico se convierte en una de las pocas vías claras para obtener rendimiento económico.

Pero que sea una decisión individual lícita no significa que sea colectivamente sostenible. La suma de decisiones racionales desde el punto de vista privado puede producir un resultado profundamente dañino para el conjunto del municipio. Cada propietario puede pensar que simplemente está aprovechando una oportunidad legal. Sin embargo, cuando cientos de viviendas se orientan al uso turístico, el efecto acumulado es la reducción de la oferta residencial, la subida de precios, la expulsión de jóvenes, la dificultad para atraer trabajadores y la pérdida de población estable. Lo que para uno es una renta legítima, para muchos otros, llaniscos o gijoneses, se convierte en imposibilidad de vivir en su propio territorio al carecer de vivienda y modelo económico productivo.

En Llanes esta contradicción es especialmente dura porque afecta a los propios llaniscos. El capital encuentra en la vivienda vacacional una salida rentable, pero esa salida presiona sobre el bien más básico de la comunidad: la vivienda. El municipio se vuelve atractivo para invertir, pero hostil para residir. Se puede ganar dinero con Llanes sin vivir Llanes. Se puede explotar su paisaje, su costa, su identidad y su marca turística mientras quienes sostienen el concejo durante todo el año tienen cada vez más dificultades para quedarse. Ese es el punto más preocupante: el territorio se convierte en producto, y sus habitantes pasan a ser un obstáculo para la rentabilidad o una víctima secundaria del modelo.

También hay un daño indirecto sobre el propio turismo. Un destino turístico no se sostiene únicamente por sus playas, sus paisajes o sus alojamientos. Se sostiene por su vida local, por sus comercios, por sus trabajadores, por sus barrios, por su autenticidad y por la existencia de una comunidad estable. Si la vivienda vacacional expulsa residentes y vacía pueblos durante buena parte del año, el destino pierde parte de aquello que lo hacía atractivo. El turista puede acabar encontrando un escenario bonito pero cada vez más artificial, más caro, más saturado y menos vivo. El exceso de turistificación termina degradando la experiencia turística.

En Gijón el fenómeno presenta otra escala. La ciudad no depende del turismo de la misma forma que Llanes, pero sí puede sufrir una transformación preocupante de barrios enteros si la vivienda turística crece sin control. En una ciudad con problemas de acceso a la vivienda, cada piso destinado al alquiler turístico es una vivienda menos para estudiantes, trabajadores, familias jóvenes o personas que quieren emanciparse. Además, si la oferta turística se desplaza desde hoteles hacia pisos dispersos, el empleo generado por el alojamiento puede debilitarse. En una ciudad más grande, el impacto puede ser menos visible al principio, pero acaba afectando al equilibrio urbano: precios más altos, pérdida de vecinos en zonas céntricas, más rotación y menos comunidad.

La clave está en distinguir entre actividad turística y extracción de rentas. El turismo hotelero, con todos sus problemas, tiende a generar una cadena económica más amplia y visible. El alquiler vacacional, en cambio, puede concentrar beneficios en propietarios y plataformas, reduciendo la relación entre visitantes y empleo local. No significa que toda vivienda vacacional sea negativa ni que deba desaparecer, pero sí que no puede ocupar una posición dominante en el modelo turístico. Si lo hace, el turismo deja de ser una actividad productiva amplia y se convierte cada vez más en una forma de rentismo inmobiliario.

Por eso la regulación no debe entenderse como un ataque a la propiedad privada, sino como una defensa del interés general. Regular la vivienda vacacional significa impedir que una actividad legítima destruya las condiciones que hacen posible la vida en el municipio. Significa proteger el derecho de los residentes a acceder a una vivienda, proteger al sector hotelero frente a una competencia desequilibrada, proteger el empleo turístico y proteger al propio destino frente a su degradación. No se trata de elegir entre turismo o vivienda, sino de impedir que el turismo devore la vivienda y luego se devore a sí mismo.

En Llanes, donde la dependencia turística es tan intensa, esta discusión debería ser central. Si no hay alternativas económicas suficientes, la tentación de convertir cada vivienda disponible en una fuente de renta turística será cada vez mayor. Pero ese camino puede llevar a un municipio más rico en ingresos privados puntuales y más pobre en población, empleo estable y cohesión social. La riqueza generada no necesariamente se reinvierte en el territorio ni garantiza futuro para los jóvenes. Puede producir beneficios para propietarios, pero no resolver la vida de quienes necesitan un salario, una casa y un proyecto estable.

La conclusión es que la vivienda vacacional se ha convertido en una amenaza de doble dirección. Por un lado, expulsa población al reducir la vivienda residencial y encarecer el acceso. Por otro, puede debilitar el modelo turístico tradicional al sustituir alojamiento hotelero intensivo en empleo por una fórmula más rentable para el capital, pero menos beneficiosa para el conjunto de la economía local. En municipios como Llanes, donde casi todo gira alrededor del turismo, esta contradicción es todavía más peligrosa: el alquiler vacacional aparece como la salida natural para invertir, pero también como el mecanismo que puede vaciar el territorio de sus propios habitantes.

Si no se controla, el resultado puede ser un modelo profundamente injusto: pueblos llenos de turistas y vacíos de vecinos, viviendas rentables pero inaccesibles, empleo turístico más débil y jóvenes obligados a marcharse. La gallina de los huevos de oro puede seguir poniendo huevos durante un tiempo, pero si se destruye la base social, laboral y residencial que sostiene el destino, terminará enfermando. Y cuando eso ocurra, el daño no lo sufrirán solo quienes no pudieron alquilar una vivienda; lo sufrirá todo el modelo económico local.

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Para terminar el post quiero manifestar que el problema de Gijón y Llanes ya no admite excusas ni discursos vacíos. Los datos son demasiado contundentes como para seguir mirando hacia otro lado. Mientras miles de viviendas desaparecen del mercado residencial y generaciones enteras ven imposible emanciparse, los gobiernos municipales de la derecha extrema y la ultraderecha han preferido colocar otras prioridades por delante de quienes realmente sostienen estas ciudades y pueblos: sus vecinos. Quienes pagan impuestos, trabajan, levantan negocios, mantienen abiertos los comercios y dan vida al territorio observan cómo su derecho a vivir dignamente queda subordinado al negocio inmobiliario, a la especulación y a una visión política incapaz de escuchar el malestar social que crece día tras día.

En Llanes, once años sin un PGOU eficaz no son un accidente: son la evidencia de una parálisis política que ha dejado el territorio a merced de la rentabilidad turística y del desorden urbanístico. En Gijón, convertir la emergencia habitacional en una oportunidad para promotores privados demuestra hasta qué punto algunos gobiernos entienden la vivienda más como mercancía que como derecho. La derecha y la ultraderecha han elegido gobernar pensando antes en el mercado que en la ciudadanía, antes en la extracción de rentas que en el arraigo de la población.

Pero hay algo que no pueden controlar indefinidamente: la realidad. Y la realidad es que cada joven expulsado, cada trabajador incapaz de encontrar vivienda y cada barrio convertido en un escaparate turístico son pruebas del fracaso de sus políticas. Cuando los gobiernos municipales dejan de escuchar, cuando dejan de ver y cuando gobiernan de espaldas a quienes deberían representar, termina siendo la ciudadanía quien dicta sentencia. Y esa sentencia siempre llega.

Ya lo dijo Antoni Rovira i Trias: “No hay peor ruina urbanística que aquella que expulsa a quienes dan vida al territorio para convertirlo únicamente en un negocio.”

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