OBRAS PARA LUCIR, VECINOS SIN CASA: EL FRACASO DE MORIYÓN Y RIESTRA

La noticia publicada por La Nueva España aborda la continuidad de la subida del precio de los alquileres en Gijón, una tendencia que, según los datos del informe de Idealista correspondiente al cierre estadístico de marzo de 2026, afecta ya a todos los distritos de la ciudad. El precio medio del metro cuadrado de vivienda en alquiler se situó en 11,2 euros al finalizar el primer trimestre del año, lo que representa un incremento interanual del 8,8%.

El informe refleja que la subida no es homogénea, aunque sí generalizada. Todos los distritos gijoneses registraron aumentos en el precio del alquiler durante los últimos doce meses, pero algunos superaron la media de la ciudad. Es el caso del distrito Centro, con una subida del 9%; del Oeste, con un 9,2%; y especialmente del Este, donde el incremento alcanzó el 10,8%, el mayor de todos los distritos analizados. En este último, además, la oferta actual muestra que no hay viviendas disponibles por debajo de los 650 euros mensuales.

La zona este aparece como una de las áreas más caras y tensionadas del mercado. De alrededor de un centenar de viviendas ofertadas en el portal inmobiliario, las más baratas se sitúan en 650 euros, pero corresponden a pisos en plantas altas sin ascensor y bajo la modalidad de alquiler de temporada, de septiembre a junio. La franja con mayor número de anuncios se mueve entre los 850 y los 950 euros mensuales, aunque también aparecen viviendas con rentas muy superiores, de hasta 3.000 o 5.000 euros.

En el distrito centro, la oferta es más amplia que en otros barrios, pero los precios también son elevados. Las rentas van aproximadamente de los 600 a los 3.000 euros al mes. La noticia destaca de nuevo el peso de los alquileres de temporada, que reduce las posibilidades de encontrar una vivienda estable durante todo el año. Entre las opciones de larga duración citadas figuran un loft de 37 metros cuadrados en la calle de Los Moros por 700 euros mensuales, para el que se exigen nóminas y fiador, y un ático de 40 metros cuadrados en Marqués de San Esteban por 1.000 euros al mes.

En la zona oeste, aunque el informe detecta una bajada de precios respecto al mes de febrero, el precio medio queda en 10,1 euros por metro cuadrado y la oferta disponible es reducida, con unas 35 viviendas. Salvo un piso anunciado para estancias cortas por 470 euros, el resto de los alquileres supera los 650 euros y, en la práctica, se sitúa más cerca de los 700 euros o por encima. También se mencionan alquileres de 3.000 euros durante los meses de verano en zonas próximas a Naval Azul y la playa de Poniente.

El distrito de El Llano presenta un precio medio de 10,3 euros por metro cuadrado. En esta zona, la noticia señala que el alquiler más bajo se sitúa en torno a los 600 euros para un apartamento de 41 metros cuadrados y una habitación, ubicado a unos diez minutos del paseo de Begoña. También se citan ejemplos como un dúplex en la calle Mon por 850 euros mensuales o un piso recién reformado de tres habitaciones en la calle Electra por 1.000 euros al mes. Para los meses de verano, el precio máximo mencionado alcanza los 2.300 euros en julio y los 2.800 en agosto por una vivienda de tres habitaciones en la calle Poeta Alfonso Camín.

El distrito sur es el que presenta el precio medio más bajo, con 9,8 euros por metro cuadrado, pero esa cifra no se traduce necesariamente en alquileres baratos. La oferta es muy limitada, con solo 16 viviendas disponibles, y no hay ninguna por debajo de los 750 euros mensuales. La opción más económica citada es una vivienda de dos habitaciones en la calle Cataluña, construida en 1968. En el extremo contrario, aparece un chalet de lujo en alquiler de larga duración junto a la Escuela de Fútbol de Mareo, en el camino de La Marruca, por 4.200 euros al mes.

En conjunto, la noticia describe un mercado del alquiler en Gijón marcado por el encarecimiento generalizado, la escasez de oferta asequible y la presencia creciente de alquileres de temporada, especialmente en las zonas más demandadas. Aunque existen diferencias entre distritos, los precios mínimos se sitúan ya en niveles elevados en buena parte de la ciudad, con pocas opciones por debajo de los 600 o 650 euros y con importes mucho más altos en las áreas del Centro, Este y zonas próximas a la playa.

El problema de la vivienda en España no se debe principalmente a los precios, sino a la falta de oferta disponible. La tesis principal es que en España faltan viviendas para atender el crecimiento de la población y la creación de nuevos hogares. Como dato central, el país llegó a construir más de 650.000 viviendas al año durante la etapa de la burbuja inmobiliaria allá por el año 2008, mientras que en la actualidad apenas se terminan unas 90.000 viviendas anuales. Frente a esa cifra, la creación de hogares se sitúa en torno a las 200.000 unidades al año, lo que genera una brecha entre la demanda de vivienda y la capacidad del mercado para ofrecerla.

Esa escasez se debe a varios factores: falta de suelo disponible, exceso de burocracia, inseguridad jurídica, falta de mano de obra y encarecimiento de los materiales. Estas circunstancias han convertido la construcción de vivienda en una actividad con más riesgo, menos rentabilidad y plazos más inciertos.

España no está ante una nueva burbuja inmobiliaria. Para sostenerlo, hay que indicar que, descontada la inflación, la vivienda sigue siendo un 25,9% más barata que en 2007, según datos del Índice Único Informatizado Notarial. El verdadero problema está en la pérdida de poder adquisitivo de los ciudadanos, ya que entre 2013 y 2025 el precio nominal del metro cuadrado ha crecido en línea con el PIB, mientras que la renta per cápita ha quedado rezagada.

La presión fiscal, los salarios insuficientes y la inflación han reducido la capacidad de los hogares para acceder a una vivienda. En este sentido, casi cuatro de cada diez inquilinos destinan más del 40% de su renta a vivienda y suministros, el doble que la media europea. Por tanto, el problema no se presenta como una burbuja especulativa, sino como un desequilibrio entre ingresos, costes y falta de vivienda disponible https://bit.ly/4tijmkG

Lo que muestra la fotografía del mercado inmobiliario de Gijón es una ciudad donde el alquiler ha dejado de ser un problema limitado a las zonas más caras y se ha convertido en una dificultad general para acceder a una vivienda estable. El dato central es claro: el precio medio del alquiler se situó en marzo de 2026 en 11,2 euros por metro cuadrado, con una subida interanual del 8,8%, y en abril alcanzó ya los 11,3 euros por metro cuadrado, máximo de la serie de Idealista para la ciudad. El problema no está solo en la media, sino en que los precios mínimos de entrada se han desplazado hacia arriba: en buena parte de Gijón encontrar algo por debajo de 600 o 650 euros es excepcional, y en algunos distritos directamente no aparece oferta por debajo de esas cantidades https://bit.ly/4tOAiQC  

Traducido a la vida cotidiana, esto significa que una persona sola con ingresos bajos o medios queda prácticamente expulsada del mercado. El Salario Mínimo Interprofesional del año 2026 está fijado en 1.221 euros brutos mensuales en 14 pagas, es decir, 17.094 euros brutos anuales. Incluso prorrateando esas 14 pagas en 12 mensualidades, un alquiler de 650 euros consume alrededor del 46% del SMI bruto mensualizado; uno de 750 euros se va por encima del 52%; uno de 850 euros roza el 60%; y uno de 950 o 1.000 euros absorbe entre dos tercios y un 70% de ese ingreso bruto. Eurostat considera sobrecarga residencial cuando los costes de vivienda superan el 40% de la renta disponible del hogar, y aquí muchos alquileres de entrada ya rebasan ese umbral incluso antes de sumar suministros, comunidad, fianza, transporte o alimentación https://bit.ly/4tSlnoN  

La situación es especialmente dura para los jóvenes. Según el INE, en el año 2024 el salario medio bruto de los menores de 25 años fue de 1.372,8 euros mensuales, mientras que el de las personas de 25 a 34 años fue de 2.131,6 euros. Con esas cifras, un joven menor de 25 años que alquile solo por 650 euros ya destina casi la mitad de su salario bruto al alquiler; si paga 750 euros, supera el 54%; y si entra en la franja más habitual de 850 a 950 euros, queda entre el 62% y el 69% de su salario bruto. En el grupo de 25 a 34 años la situación mejora, pero tampoco se normaliza: 850 euros suponen casi el 40% del salario bruto medio y 950 o 1.000 euros lo colocan ya claramente por encima del umbral de sobrecarga https://bit.ly/4uqkqUr

Para una pareja con dos salarios estables, el acceso puede parecer más posible, pero a costa de una condición cada vez más exigente: que ambos trabajen, que ambos tengan ingresos suficientes y que ninguno caiga en temporalidad, paro, parcialidad involuntaria o precariedad. Una pareja joven con dos sueldos bajos puede llegar a pagar 850 o 950 euros, pero con un margen estrecho para ahorrar, tener hijos, afrontar imprevistos o plantearse una compra. Para una persona sola, una familia monoparental, un trabajador con contrato parcial, un pensionista con ingresos modestos o una persona migrante con dificultades añadidas para reunir avales, nóminas y garantías, el mercado directamente se estrecha hasta dejar muy pocas opciones reales.

Los datos asturianos confirman esa presión. El informe citado por Europa Press sobre emancipación juvenil en Asturias sitúa la renta mediana de una vivienda libre en 752 euros mensuales, equivalente al 33,1% de los ingresos de un hogar joven y al 63,7% del salario si se trata de una persona joven que vive sola. Es decir, el alquiler medio ya puede ser asumible solo cuando se comparte renta dentro del hogar; para quien intenta emanciparse individualmente, se convierte en una carga desproporcionada https://bit.ly/42LMhm9

La consecuencia social es que la vivienda deja de funcionar como base de autonomía y pasa a actuar como filtro de clase. No accede quien necesita vivir en la ciudad, sino quien puede demostrar solvencia, asumir precios altos o aceptar fórmulas precarias como alquileres de temporada, pisos pequeños, viviendas sin ascensor, contratos cortos o convivencia forzada. El INE señalaba en el año 2025 que el 44,3% de los jóvenes de 26 a 34 años seguía viviendo con sus padres y que, entre ellos, el 34,6% decía no poder permitirse alquilar y el 12,7% no poder comprar. Además, entre quienes buscaron vivienda sin lograr mudarse, el 67,2% señaló el precio excesivo como principal motivo https://bit.ly/4tbVU8w  

En este contexto, la crítica al gobierno municipal de Carmen Moriyón, sostenido por Foro y PP y con el apoyo del edil tránsfuga, en votaciones clave como el presupuesto  año 2026, tiene una base material: la ciudad afronta una emergencia de acceso a la vivienda mientras el debate político municipal coloca en el centro grandes proyectos urbanos de alto coste. El presupuesto municipal de 2026 fue aprobado gracias al voto del edil tránsfuga y asciende a 309,99 millones de euros, con un consolidado de 430,96 millones. Dentro de ese reparto, EMVISA (la empresa de vivienda pública) cuenta con 7,63 millones de euros https://bit.ly/3OTMqkl

El contraste con la obra del soterramiento del Muro es muy fuerte. El estudio de viabilidad sitúa el coste de esa actuación entre 120 y 137 millones de euros, con una posible aportación municipal en torno al 25%, lo que supondría aproximadamente entre 30 y 34 millones de euros de dinero público municipal si se mantiene ese esquema. El propio proyecto se plantea como una operación con tráfico soterrado, aparcamientos subterráneos, peatonalización en superficie y hasta 1.461 plazas de aparcamiento en el escenario de tres niveles https://bit.ly/4n5zOmC

La comparación presupuestaria es reveladora: una aportación municipal de 30 a 34 millones para el Muro equivaldría aproximadamente a cuatro veces el presupuesto anual de EMVISA y a unas treinta veces la partida de inversiones de 1,025 millones prevista para compra de viviendas de alquiler social, mejoras de habitabilidad y nuevas promociones en La Calzada y Cimadevilla. No se trata de negar cualquier intervención urbana, sino de señalar que, cuando miles de personas no pueden acceder a una vivienda estable, la prioridad pública debería estar mucho más claramente orientada a aumentar el parque de vivienda pública, comprar vivienda para alquiler social, rehabilitar inmuebles, movilizar vivienda vacía y promover alquiler asequible https://bit.ly/4dnSoTP

La radiografía final es la de una ciudad partida entre la Gijón que se revaloriza y la de un Gijón que no puede pagar esa revalorización. Los datos de alquiler muestran precios al alza, escasez de oferta asequible y peso creciente del alquiler temporal. Los datos salariales muestran que jóvenes, personas solas, hogares con ingresos bajos y familias con una sola nómina quedan sometidos a esfuerzos económicos que superan los umbrales razonables. Y la acción municipal, aunque incluye programas de vivienda, aparece descompensada cuando se compara la escala de los recursos destinados a vivienda pública con la ambición financiera de proyectos como el soterramiento del Muro. En una ciudad donde alquilar ya exige demasiado a demasiada gente, la prioridad política debería medirse por viviendas disponibles y asequibles, no por grandes obras de escaparate.

La situación del mercado inmobiliario de Gijón tiene su réplica idéntica en la situación del mercado inmobiliario de Llanes: en ambos casos la vivienda en alquiler se ha convertido en un bien de acceso difícil para una parte importante de la población. La diferencia está en la forma que adopta el problema. En Gijón pesa más la tensión de una ciudad grande, con barrios enteros al alza, precios mínimos cada vez más altos y un mercado residencial amplio pero encarecido. En Llanes, en cambio, el problema aparece concentrado en un municipio mucho más pequeño, con menos oferta estable, fuerte presión turística, mucho alquiler de temporada y una parte relevante del parque residencial fuera del uso habitual.

En Gijón, el dato de referencia es que el alquiler alcanzó en abril de 2026 los 11,3 euros por metro cuadrado, con una subida interanual del 8%, mientras que la media asturiana se situó en 10,5 euros. Llanes no aparece con una media general completa de alquiler en esa tabla de Idealista, pero sí con una valoración de 8,3 euros por metro cuadrado para pisos y apartamentos en alquiler. La comparación directa puede llevar a engaño: Gijón es más caro por metro cuadrado, pero Llanes presenta una dificultad añadida, que es la falta de vivienda disponible para vivir todo el año. Es decir, en Gijón el problema se ve con más claridad en el precio; en Llanes, en la escasez de oferta residencial estable y en la conversión de vivienda hacia usos temporales o turísticos https://bit.ly/4f0JqNu  

La propia situación administrativa confirma que Llanes está en una posición de tensión residencial. El Principado declaró como zonas de mercado residencial tensionado el núcleo urbano de Llanes y Posada, junto con Arenas y Poo en Cabrales, con una duración inicial de tres años prorrogables. Esa declaración no se produce en un vacío: responde a una situación en la que acceder a una vivienda habitual se ha vuelto especialmente difícil. Según la información publicada por COPE, en Llanes encontrar alquiler de larga duración es descrito por el sector inmobiliario local como prácticamente imposible, debido al desvío de la oferta hacia el alquiler vacacional, más rentable para los propietarios https://bit.ly/4ersDDg

La oferta visible en los portales refuerza esa radiografía. En el momento consultado, Idealista mostraba 53 viviendas en alquiler en Llanes, pero el filtro de alquiler temporal recogía 48 anuncios. Eso significa que la gran mayoría de la oferta disponible en ese portal estaba marcada por la temporalidad. Además, varios anuncios que aparecen con precios bajos no responden a una vivienda estable para todo el año, sino a estancias concretas, periodos hasta junio, alquileres de septiembre a junio o fórmulas que dejan libre la vivienda en verano https://bit.ly/3PnnZff

Ahí aparece la similitud más fuerte con Gijón: tanto en una ciudad como en la otra, el alquiler de temporada reduce la oferta real para quien necesita una vivienda como hogar permanente. Pero en Llanes el efecto es más severo porque el mercado es mucho más pequeño. Cuando en una ciudad grande como Gijón desaparece parte de la oferta estable, el golpe es grave; pero cuando eso ocurre en un concejo pequeño como Llanes con una oferta reducida, el resultado es directamente la expulsión práctica de trabajadores, jóvenes, familias con rentas medias o bajas y personas que obtienen plaza o empleo en la zona pero no encuentran dónde vivir.

Los precios que se citan para Llanes muestran esa tensión con claridad. Según COPE, un apartamento de una habitación puede rondar los 500 o 600 euros mensuales y uno de dos habitaciones puede situarse en torno a los 800 euros. Con el SMI de 2026 fijado en 1.221 euros brutos mensuales en 14 pagas, es decir, 17.094 euros brutos anuales, un alquiler de 600 euros ya consume alrededor del 42% del SMI prorrateado en doce meses, y uno de 800 euros se lleva más del 56%. Eurostat considera sobrecarga residencial cuando los costes de vivienda superan el 40% de la renta disponible del hogar, y en Llanes muchos hogares superarían ese umbral solo con la renta, antes de sumar luz, agua, calefacción, comunidad, transporte o alimentación https://bit.ly/4wdXQAg  

Para los jóvenes, la situación es especialmente restrictiva. El INE sitúa el salario medio bruto de los menores de 25 años en 1.372,8 euros mensuales en 2024 y el de las personas de 25 a 34 años en 2.131,6 euros. Con esas cifras, un joven menor de 25 años que alquile solo en Llanes por 600 euros destina cerca del 44% de su salario bruto al alquiler; si necesita una vivienda de dos habitaciones por 800 euros, el esfuerzo supera el 58%. En el grupo de 25 a 34 años, un alquiler de 800 euros supone alrededor del 38% del salario bruto medio, muy cerca del umbral de sobrecarga incluso antes de añadir suministros https://bit.ly/42ewnR6  

Para una pareja con dos salarios estables, Llanes puede parecer más accesible, pero esa lectura depende de que ambos tengan empleo, contrato suficiente y continuidad laboral. Un alquiler de 800 euros puede entrar dentro de lo soportable para dos nóminas, pero deja de serlo para una pareja con un solo ingreso, para una familia monoparental, para trabajadores temporales ligados al turismo, para jóvenes en empleos parciales o para personas mayores con pensiones modestas. El mercado queda así organizado en torno a quienes pueden acreditar solvencia y aceptar condiciones temporales, no necesariamente en torno a quienes necesitan vivir en el concejo durante todo el año.

El peso de la vivienda no principal y turística es otro dato clave. Según datos del INE recogidos por el Observatorio de Vivienda Turística, Llanes tenía en noviembre de 2025 un total de 846 viviendas turísticas, con 4.545 plazas, equivalentes al 5,21% del parque residencial. El Censo de Población y Viviendas del año 2021 contabilizaba 16.224 viviendas familiares en el municipio, de las cuales 6.090 eran principales y 10.134 no principales. Esto no significa que todas las viviendas no principales sean turísticas, pero sí muestra una estructura residencial muy marcada por segundas residencias, usos temporales y viviendas que no funcionan como hogar permanente.

La diferencia con Gijón, por tanto, no es que Llanes tenga exactamente el mismo problema, sino que su problema es aún más dependiente del turismo y de la estacionalidad. Gijón vive una subida generalizada del alquiler urbano, con distritos donde los precios mínimos ya expulsan a muchas rentas. Llanes vive una combinación distinta: menos viviendas disponibles, fuerte atractivo turístico, abundancia de alquiler temporal, presión sobre los núcleos más demandados y dificultad extrema para encontrar alquiler de larga duración. En Gijón se encarece la ciudad; en Llanes se estrecha el municipio hasta dejar fuera a quienes necesitan residir allí de manera permanente.

La radiografía final es la de dos mercados distintos con una consecuencia social parecida. En ambos lugares, la vivienda deja de ser una base segura para organizar la vida y pasa a funcionar como barrera de entrada. En Gijón, esa barrera se expresa en precios mínimos cada vez más altos en barrios enteros. En Llanes, se expresa en la desaparición práctica de la vivienda estable frente a la vivienda turística, temporal o de temporada. Para jóvenes, trabajadores con salarios medios o bajos, familias con una sola nómina, personal público desplazado al concejo o vecinos que quieren seguir viviendo allí, el resultado es el mismo: el alquiler disponible no encaja con la renta real de una parte amplia de la población.

Para terminar el post quiero manifestar como epílogo, la situación de la vivienda en Gijón y Llanes deja una imagen difícil de justificar desde la prioridad social. En ambos municipios, aunque con realidades distintas, el acceso a una vivienda se ha convertido en un problema cotidiano para jóvenes, trabajadores, familias con ingresos medios o bajos, personas solas y vecinos que necesitan vivir donde trabajan. En Gijón, la presión se expresa en alquileres cada vez más altos, mínimos que ya rondan o superan los 600, 650, 750 u 850 euros y una oferta estable cada vez más limitada. En Llanes, el problema se agrava por la escasez de alquiler de larga duración, el peso del alquiler temporal y turístico y una estructura residencial que deja poco margen a quien busca una vivienda para todo el año.

Frente a esa realidad, resulta legítimo cuestionar unas prioridades políticas que destinan el debate, los recursos y la energía institucional a grandes actuaciones urbanas como el soterramiento del Muro en Gijón o proyectos como El Cinemar en Llanes, mientras la vivienda continúa sin una respuesta pública suficiente. No se trata de negar que una ciudad o una villa puedan mejorar sus espacios, rehabilitar edificios o acometer obras urbanas, sino de señalar que hay momentos en los que la jerarquía de necesidades debería ser evidente. Cuando una parte creciente de la población no puede emanciparse, no puede alquilar sola, no puede formar un hogar o se ve empujada fuera de su propio municipio, la prioridad no puede ser sacar brillo a la fachada urbana, sino garantizar condiciones materiales para vivir en ella.

El contraste es especialmente duro porque la vivienda no es un lujo ni un complemento estético del modelo de ciudad: es la base desde la que se organiza la vida. Sin vivienda accesible no hay arraigo, no hay juventud que se quede, no hay familias que puedan planificar su futuro, no hay trabajadores que sostengan los servicios locales y no hay comunidad que resista la presión de un mercado cada vez más orientado a quien puede pagar más o a quien llega solo por temporadas. En Gijón, la distancia entre los recursos que pueden movilizarse para grandes obras y los destinados a vivienda pública muestra una descompensación política evidente. En Llanes, la persistencia del problema revela que el atractivo turístico y la dinámica inmobiliaria han avanzado más rápido que la capacidad institucional para proteger el uso residencial estable.

La crítica, por tanto, no es abstracta ni ideológica: nace de comparar necesidades reales con decisiones públicas concretas. Si durante años los gobiernos municipales han tenido capacidad para promover, estudiar o defender proyectos urbanos de alto coste, también deberían haber tenido capacidad para colocar la vivienda en el centro de su acción política. Eso significa más vivienda pública, más alquiler social, más rehabilitación con destino residencial, más movilización de vivienda vacía, más control sobre los usos que expulsan a los vecinos y una planificación que piense primero en quien vive todo el año en el municipio.

Gijón y Llanes no necesitan únicamente ciudades más vistosas o equipamientos más relucientes. Necesitan que vivir en ellas no sea un privilegio. Mientras el dinero público se oriente antes a obras de escaparate que a resolver el acceso a un bien básico, la brecha entre la ciudad que se promociona y la ciudad que realmente habitan sus vecinos seguirá creciendo. Y esa es la contradicción de fondo: se embellece el decorado mientras muchas personas quedan fuera de escena.

Ya lo dijo Jane Jacobs: “Las ciudades tienen la capacidad de ofrecer algo para todos solo cuando son creadas por todos.”

 

MORIYÓN Y EL GIJÓN DE DOS VELOCIDADES: OBRAS FARAÓNICAS PARA EL MURO, ABANDONO PARA LA CALZADA

 

El 30 de abril se publicaba en la prensa regional que el gobierno municipal de Gijon integrado por, Foro, PP y un tránsfuga, nos informa a los gijoneses y asturianos que el estudio de viabilidad sobre el soterramiento del tráfico en el paseo del Muro de Gijón es viable tanto desde el punto de vista técnico como económico. El gobierno local presentó estos resultados como la confirmación de que el proyecto puede pasar de ser una propuesta política a una actuación concreta en fase de desarrollo. La alcaldesa, Carmen Moriyón, afirmó que los datos son “contundentes” y defendió que Gijón “puede y debe aspirar a todo”. La presentación del estudio corrió a cargo de la propia alcaldesa junto a Gilberto Villoria, concejal de Infraestructuras Urbanas y Rurales, y Jesús Martínez Salvador, concejal de Urbanismo. La información fue recogida por La Nueva España y por la web del Ayuntamiento de Gijón.

La actuación planteada transformaría de forma sustancial el frente marítimo gijonés. En superficie, el Muro quedaría prácticamente peatonalizado, salvo por un vial de servicio reservado para usos concretos como carga y descarga, residentes y vehículos de emergencia. Bajo esa nueva superficie peatonal se situaría un primer nivel soterrado destinado al tráfico rodado, con un vial de 4,5 metros en cada sentido. Ese primer nivel incluiría también plazas de aparcamiento en rotación. A partir de ahí, el estudio propone dos alternativas: una solución de dos niveles soterrados, que permitiría crear 933 plazas de aparcamiento, y otra de tres niveles, que elevaría la capacidad hasta 1.461 plazas. La diferencia entre ambas opciones sería de 528 plazas adicionales en la alternativa más ambiciosa.

El coste económico variaría según la opción elegida. La alternativa de dos niveles tendría una inversión estimada de 120 millones de euros, mientras que la de tres niveles alcanzaría los 137 millones. La diferencia presupuestaria entre ambas opciones se presenta como relativamente contenida respecto al aumento de plazas que supondría el tercer nivel. Según los datos expuestos por el gobierno municipal, el incremento del presupuesto sería del 14%, mientras que el número de plazas crecería un 57%. La duración de las obras se estima entre tres y cuatro años.

El modelo de financiación que estudia el Ayuntamiento se basaría en una concesión de obra y explotación, similar a la fórmula utilizada en el aparcamiento del Náutico. La idea del gobierno local es que la empresa concesionaria asuma la mayor parte de la inversión a cambio de explotar el servicio de estacionamiento durante un periodo prolongado. El Ayuntamiento aportaría hasta un 25% del presupuesto total, lo que supondría entre 30 y 34 millones de euros, en función de la alternativa elegida. El resto correría a cargo de la empresa adjudicataria. Según Gilberto Villoria, el estudio estima que la inversión podría amortizarse en 36 años, un plazo inferior al límite de 40 años que se suele contemplar para este tipo de concesiones. Esta fórmula fue defendida también en la información publicada por el Ayuntamiento de Gijón.

Desde el punto de vista técnico, el estudio se apoya en una campaña geotécnica que incluyó 19 sondeos y 18 ensayos de penetración realizados entre la avenida del Molinón y Eladio Carreño. Esos trabajos permitieron determinar que el sustrato rocoso bajo el Muro se encuentra a una profundidad de entre 14 y 23 metros, mientras que el nivel freático se sitúa entre los 3,5 y los 5,7 metros. A partir de esos datos, el estudio concluye que la obra podría ejecutarse mediante cimentación de pantallas con pilotes. Los responsables municipales destacaron que, por primera vez, se dispone de una caracterización precisa del terreno para valorar una intervención de esta magnitud.

Los accesos previstos para el soterramiento se situarían en la avenida de Castilla y en la calle Juan Alonso. También se contempla un acceso en el entorno del puente del Piles mediante una glorieta soterrada y se valora incorporar una salida por Menéndez Pelayo. La solución diseñada permitiría mantener la conexión viaria entre la zona este de la ciudad, el centro y el oeste, al mismo tiempo que se liberaría la superficie del paseo para usos peatonales y urbanos. Según los concejales del gobierno local, el proyecto intenta conciliar la necesidad de humanizar y peatonalizar el Muro con el mantenimiento de una conexión de tráfico considerada relevante para la movilidad de Gijón.

El estudio incluye también un análisis de movilidad. Según los datos mencionados por Gilberto Villoria en El Comercio, el 60% del tráfico actual del Muro lo utiliza como eje de conexión entre la zona este, el centro y el oeste de la ciudad. Otro 30% correspondería al llamado tráfico “de agitación”, es decir, vehículos que circulan buscando aparcamiento. El gobierno local sostiene que este último tipo de tráfico podría reducirse con la creación de un aparcamiento subterráneo vinculado al propio soterramiento.

Uno de los aspectos destacados por los concejales es la posible compatibilidad del proyecto con futuras prolongaciones. Aunque la actuación ahora planteada se limita al ámbito del Muro, Villoria y Martínez Salvador señalaron que la solución técnica sería compatible con una ampliación posterior en ambos extremos. Hacia el este, podría llegar en una segunda fase hasta el entorno de El Molinón y conectar con el nudo de La Guía, como figuraba en el programa electoral de Foro. Hacia el centro, también podría estudiarse una prolongación para resolver el cuello de botella que se produce en el giro de San Bernardo, Munuza y Los Moros. No obstante, los responsables municipales indicaron que la fase actual se ha planteado con un alcance más limitado para que resulte económicamente abordable. Esta posibilidad de prolongación fue detallada en El Comercio.

El gobierno local subraya que el proyecto se encuentra todavía en una fase inicial. El siguiente paso será profundizar en el modelo económico-financiero, realizar consultas al mercado para conocer el interés de posibles empresas concesionarias y avanzar posteriormente en la licitación de la redacción del proyecto y de la obra. Según los responsables municipales, ese proceso sitúa la posible licitación de la actuación en un horizonte de tres o cuatro años. Jesús Martínez Salvador explicó que ahora corresponde estudiar con mayor detalle la fórmula que permitiría hacer realidad la intervención y comprobar, mediante contactos con el mercado, si las empresas consideran atractiva la concesión.

La actuación también contempla medidas de control y seguridad durante las obras. Gilberto Villoria reconoció que una intervención de esta magnitud puede generar incertidumbre entre los vecinos y propietarios de edificios próximos, pero afirmó que el proyecto incluye más de un millón de euros en partidas destinadas a la auscultación de edificios y a la monitorización del entorno durante toda la ejecución. Según explicó, estas medidas permitirían detectar y corregir posibles incidencias a medida que avanzaran los trabajos. También se plantea una barrera de contención delante de los edificios mediante una pantalla cimentada a más de 20 metros de profundidad, hasta alcanzar el sustrato rocoso.

Respecto al funcionamiento del futuro túnel, Villoria defendió que los carriles de 4,5 metros de ancho permitirían reducir las afecciones al tráfico derivadas de las maniobras de entrada y salida de las plazas de aparcamiento. Según explicó, esa anchura es superior a la de un carril convencional, situado en torno a los tres metros, y está pensada para que las maniobras de aparcamiento entorpezcan lo menos posible la circulación.

En el plano político y social, el gobierno local presenta el soterramiento como una actuación estratégica para modernizar el frente marítimo y reactivar uno de los espacios más emblemáticos de Gijón. Moriyón afirmó que el proyecto sitúa a la ciudad en condiciones de acometer transformaciones pendientes y lo comparó con actuaciones realizadas en ciudades como A Coruña y Santander. Martínez Salvador destacó que la intervención podría generar un nuevo espacio urbano con zonas estanciales, culturales, deportivas y de ocio, además de mejorar el entorno para comercios, hostelería y negocios del área.

La recepción del proyecto, según las noticias citadas, ha sido desigual. Los sectores económicos y empresariales lo han acogido positivamente, mientras que el resto de partidos con representación en el Ayuntamiento, incluido el PP, socio de gobierno de Foro, han mostrado rechazo o reservas. También la Asociación de Vecinos de La Arena se opone a la actuación. Los concejales foristas consideran previsible esa posición, dado que el debate sobre el futuro del Muro ya marcó el mandato anterior y cada fuerza política había definido su propio modelo para este espacio. Frente a esas críticas, el gobierno local insiste en que el estudio aporta datos reales, técnicos y económicos para sostener la viabilidad de la propuesta.

La primera impresión que deja la publicación de la noticia es que buena parte de lo anunciado se mueve todavía en el terreno de las intenciones, con una obra de enorme complejidad, condicionada por estudios económicos, consultas al mercado, concesiones, plazos prolongados y decisiones políticas aún pendientes. Sin embargo, hay un aspecto que ha pasado prácticamente desapercibido para la sociedad gijonesa: el gobierno de Carmen Moriyón sí encargó un estudio para analizar el soterramiento del tráfico en el Muro, pero no impulsó con la misma determinación un estudio equivalente que permitiera plantear una alternativa al vial de Jove que defendía el Secretario de Estado, José Antonio Santano, al cual fue a ver dos veces a Madrid. El vial de Jove es una infraestructura que afecta directamente al oeste de Gijón y a una población aproximada de 40.000 personas.

Esa diferencia de trato evidencia una forma de gestionar las prioridades municipales que resulta difícil de justificar desde el interés general de la ciudad. Mientras se destinan esfuerzos técnicos, políticos y económicos a estudiar una actuación en el frente marítimo, los vecinos del oeste siguen esperando soluciones reales a un problema que condiciona su calidad de vida, su movilidad y su entorno urbano. La gestión de Moriyón y de Foro transmite así una imagen de prioridades desequilibradas, en la que unas zonas de Gijón reciben atención, planificación y ambición institucional, mientras otras quedan relegadas pese a soportar problemas estructurales desde hace décadas, eso sí de “manifa” manda a sus concejales para que salgan en la foto como sucede con el utillero, Jesús Martínez Salvador y demás.

Afeando esa forma de actuar, lo cuestionable no es que se estudie el futuro del Muro, sino que no se actúe con la misma intensidad ante necesidades que afectan a decenas de miles de gijoneses. Gobernar para la ciudad exige atender al conjunto de sus barrios y no concentrar la iniciativa política en proyectos de mayor impacto mediático mientras otros asuntos esenciales permanecen sin una respuesta equivalente. En ese contraste se aprecia con claridad cuál ha sido la prioridad del gobierno local: avanzar en el soterramiento del Muro, mientras el oeste de Gijón continúa esperando una alternativa seria al vial de Jove.

Para estudiar la situación con los pocos datos disponibles conviene partir de una cifra concreta: la alternativa más amplia del soterramiento del Muro contempla 1.461 plazas de aparcamiento, una inversión estimada de 137 millones de euros, una aportación municipal de hasta el 25% y una concesión de explotación calculada en 36 años. En términos económicos, eso significa que el Ayuntamiento pondría alrededor de 34,25 millones de euros y que la parte que tendría que recuperar principalmente la concesionaria rondaría los 102,75 millones de euros, sin contar gastos financieros, mantenimiento, personal, energía, seguros, impuestos, reparaciones, actualización de instalaciones ni beneficio empresarial. Esos datos coinciden con lo publicado sobre el proyecto y con el esquema de concesión planteado https://bit.ly/4tH9cLk  

La primera conclusión aritmética es sencilla: 1.461 plazas durante 36 años equivalen a 52.596 “plazas-año”. Si se baja el cálculo al día a día, son 19.197.540 “plazas-día”, tomando años de 365 días. Por tanto, para recuperar solo los 102,75 millones que corresponderían a la parte no municipal de la inversión, cada plaza tendría que generar de media unos 1.954 euros al año, unos 163 euros al mes o unos 5,35 euros al día durante los 36 años. Esa cifra no es una tarifa, sino el umbral bruto medio necesario para cubrir únicamente la inversión atribuida a la concesionaria. Si se quisiera cubrir el coste total de la obra, los 137 millones completos, el promedio subiría a unos 2.605 euros por plaza y año, unos 217 euros al mes o unos 7,14 euros por plaza y día,

A partir de ahí se entiende mejor el alcance real de una concesión de 36 años. Si cada plaza generase una media de 5 euros diarios, la recaudación bruta total durante toda la concesión sería de unos 96 millones de euros, por debajo de los 102,75 millones que tendría que recuperar la concesionaria si asumiera el 75% de la inversión. Si la media fuese de 7 euros por plaza y día, la recaudación bruta ascendería a unos 134,4 millones. Con 8 euros diarios serían unos 153,6 millones. Con 10 euros diarios, unos 192 millones. Con 12 euros diarios, unos 230,4 millones. Con 15 euros diarios, unos 288 millones. Y con 20 euros diarios, unos 384 millones de euros brutos a lo largo de los 36 años.

La comparación permite ver una cuestión importante: la concesión no se entiende solo por el número de plazas, sino por la recaudación media diaria que cada plaza pueda producir. Una media de 5,35 euros por plaza y día permitiría alcanzar aproximadamente los 102,75 millones de euros de inversión privada, pero no cubriría de forma realista todos los costes añadidos que soporta una explotación de este tipo. Para que la concesión resulte atractiva a una empresa, la recaudación tendría que estar claramente por encima de ese umbral, porque la empresa no solo buscaría recuperar la obra, sino también pagar la financiación, mantener el aparcamiento, asumir el riesgo de ocupación y obtener beneficio.

Como referencia externa, no como tarifa futura del Muro, los aparcamientos de Telpark en Gijón muestran precios de rotación bastante superiores a ese umbral diario mínimo: el parking Jardines del Náutico indica 2,15 euros la primera hora y 25,25 euros de máximo diario, mientras que el parking de El Arenal indica 2,05 euros la primera hora y 24,75 euros de máximo diario. Esos datos no permiten saber cuánto se cobraría en el futuro aparcamiento del Muro, pero sí sirven para entender que, en un aparcamiento céntrico de rotación, la recaudación diaria potencial puede superar con facilidad los 5,35 euros por plaza y día si existe ocupación suficiente https://bit.ly/4epcVIS

Si se analiza la concesión como si todas las plazas fueran de abono mensual, el resultado cambia. Con un abono medio de 100 euros al mes y el 100% de ocupación durante 36 años, la recaudación bruta sería de unos 63,1 millones de euros, insuficiente para recuperar los 102,75 millones. Con 150 euros al mes y ocupación total, serían unos 94,7 millones, todavía por debajo de esa cifra. Con 180 euros al mes y ocupación total, serían unos 113,6 millones, ya por encima de la inversión privada estimada, pero con un margen muy reducido para cubrir gastos de explotación, financiación y beneficio. Con 200 euros al mes y ocupación total, la recaudación bruta llegaría a unos 126,2 millones. Si la ocupación media bajara al 85%, esos mismos 200 euros mensuales generarían unos 107,3 millones, apenas por encima de la inversión privada estimada. Si bajara al 70%, serían unos 88,4 millones, insuficientes.

Por eso, desde un punto de vista estrictamente económico, parece difícil que la concesión se sostenga solo con abonos baratos de residente. La viabilidad para la concesionaria dependería probablemente de una combinación de plazas de rotación, abonados, residentes, tarifas por horas, máxima diaria, ocupación alta en verano y demanda constante durante todo el año. El propio planteamiento difundido distingue entre aparcamiento de rotación y plazas para residentes o abonados, lo que apunta a un modelo mixto de ingresos https://bit.ly/4d5qTNG  

El punto políticamente delicado está en la duración. Una alcaldesa como Carmen Moriyón y una corporación municipal como la actual son elegidas para un mandato de cuatro años, pero una concesión de 36 años condicionaría la gestión del espacio, las tarifas, el modelo de movilidad y la explotación económica durante nueve mandatos municipales completos. La Ley de Contratos del Sector Público permite que las concesiones de obras puedan alcanzar hasta 40 años cuando incluyen ejecución de obra y explotación del servicio, pero que algo sea legalmente posible no elimina el debate político sobre la conveniencia de comprometer una infraestructura urbana durante más de tres décadas https://bit.ly/4tTm2WY

Con los datos disponibles, la idea que se obtiene es clara: el aparcamiento no sería un elemento secundario del proyecto, sino la pieza económica que permitiría justificar la concesión. Si se construyen 1.461 plazas y se explotan durante 36 años, incluso pequeñas diferencias en la recaudación media diaria cambian por completo el volumen de negocio. A 7 euros por plaza y día, la explotación movería unos 134 millones brutos. A 10 euros, casi 192 millones. A 15 euros, cerca de 288 millones. Esas cantidades no son beneficio neto, pero sí muestran el tamaño económico de la operación que quedaría en manos de una concesionaria durante décadas.

Desde esa perspectiva, la crítica a la gestión de Moriyón puede formularse sin necesidad de exagerar: el gobierno local plantea una actuación que, aunque se presente como transformación urbana, descansa en un compromiso económico y concesional de larguísimo plazo. Gijón aportaría dinero público, cedería la explotación durante 36 años y dejaría a futuras corporaciones una decisión estratégica ya condicionada. Ese es el núcleo del problema: una decisión adoptada desde un mandato de cuatro años puede hipotecar durante décadas la forma en que los gijoneses aparcan, circlan y pagan por usar un espacio central de la ciudad.

La lectura final es que, con los números conocidos, la concesión solo tiene sentido si el aparcamiento genera ingresos sostenidos durante muchos años. Y esos ingresos saldrían, en última instancia, de los usuarios: gijoneses, visitantes, abonados, residentes o conductores de rotación. Por eso no se trata solo de preguntar cuánto cuesta la obra, sino cuánto dinero moverá la explotación durante 36 años y quién acabará pagándolo. En una ciudad con necesidades pendientes en otros barrios, especialmente en el oeste y en el entorno afectado por el vial de Jove, resulta legítimo afear que el gobierno municipal ponga tanta capacidad técnica, política y financiera en este proyecto mientras otras demandas estructurales no reciben una respuesta equivalente.

Con los datos que se manejan se puede entender la dimensión del negocio, pero todavía no se puede conocer con precisión la rentabilidad real de la concesión ni cuánto acabarían pagando los gijoneses en conjunto. Lo que sabemos permite ver el orden de magnitud: 1.461 plazas, 36 años de explotación, una inversión total de 137 millones, una aportación municipal aproximada de 34,25 millones y una parte privada cercana a 102,75 millones. Eso ya basta para afirmar que no hablamos de un simple aparcamiento accesorio, sino de una operación económica de largo recorrido.

El dato más importante que falta por conocer a los gijoneses y asturianos es la tarifa prevista. No basta con saber cuántas plazas habrá; hay que saber cuánto se cobrará por hora, cuánto costará la estancia máxima diaria, qué precio tendrán los abonos mensuales, qué parte será para residentes, qué parte será de rotación y si habrá tarifas diferenciadas por temporada. Sin esa información, solo se pueden hacer escenarios. La clave económica está en saber cuánto dinero neto generará cada plaza al día de media durante 36 años.

También falta conocer la ocupación prevista. Un aparcamiento de 1.461 plazas no genera ingresos por existir, sino por estar ocupado. No es lo mismo una ocupación media del 60%, del 75%, del 85% o del 95%. Esa diferencia cambia por completo el negocio. Con ocupaciones bajas, la concesión podría no cubrir la inversión; con ocupaciones altas y tarifas elevadas, el volumen de ingresos podría ser muy superior al coste inicial.

Otro dato imprescindible es el reparto entre plazas de rotación, abonados y residentes. Las plazas de rotación suelen generar más ingresos por plaza si tienen mucha demanda, porque se cobran por horas o por días. Las plazas de abonados dan ingresos más estables, pero normalmente más limitados. Las plazas para residentes podrían tener una rentabilidad menor si se plantean con precios contenidos. Por tanto, el negocio cambia mucho según el reparto interno del aparcamiento.

Falta además el coste real de explotación. De los ingresos brutos habría que descontar personal, vigilancia, limpieza, mantenimiento, iluminación, ventilación, bombeos, sistemas contra incendios, seguros, impuestos, reposición de maquinaria, reparaciones, gestión informática, ascensores, cámaras, barreras, señalización y posibles obras de conservación. En un aparcamiento soterrado junto al mar, con nivel freático y una infraestructura compleja, el mantenimiento puede ser un dato muy relevante. Sin ese coste anual, no se puede saber el margen real de la concesionaria.

También falta conocer el coste financiero. Si la empresa concesionaria debe adelantar más de 100 millones de euros, probablemente necesitará financiación. Ese dinero tiene intereses. Por tanto, no basta con recuperar 102,75 millones; la empresa tendría que recuperar la inversión, pagar la financiación, cubrir los gastos de explotación y obtener beneficio. Ese dato es esencial para saber qué tarifas necesitaría aplicar para que el negocio le saliera rentable.

Otro punto clave es si la concesionaria pagaría o no un canon al Ayuntamiento. Si el Ayuntamiento aporta dinero y además entrega la explotación durante 36 años, habría que saber si recibirá algún canon anual, algún porcentaje de ingresos o algún retorno adicional. Si no hay canon relevante, la ciudad estaría aportando dinero público y entregando la explotación durante décadas a cambio de la obra. Si lo hay, habría que incorporarlo al estudio económico.

Falta saber también si el contrato incluiría cláusulas de revisión de tarifas. En 36 años la inflación puede alterar por completo las cifras. Una tarifa que hoy parece alta puede quedar desfasada dentro de veinte años, y una tarifa que hoy parece moderada puede subir periódicamente si el contrato permite actualizarla con el IPC u otros índices. Para los gijoneses, este dato es fundamental, porque determina si el coste de aparcar quedaría condicionado durante décadas.

Hay otro dato especialmente importante: las posibles cláusulas de reequilibrio económico-financiero. En algunas concesiones, si la demanda real es inferior a la prevista o cambian determinadas condiciones, la concesionaria puede reclamar compensaciones, ampliaciones de plazo o cambios económicos. Si existieran mecanismos de ese tipo, el riesgo no recaería solo en la empresa, sino también, directa o indirectamente, en la administración y en los ciudadanos de Gijón.

También sería necesario conocer si al final de los 36 años la infraestructura revertiría al Ayuntamiento en buen estado, qué obligaciones de conservación tendría la empresa antes de entregarla y qué inversiones de reposición serían obligatorias durante la concesión. No es un detalle menor: una obra de este tamaño puede requerir fuertes inversiones de mantenimiento a mitad o final de vida concesional.

Falta, además, un estudio claro sobre el impacto en otros aparcamientos y en la movilidad urbana. Si el nuevo parking concentra demanda, puede alterar el uso de otros aparcamientos del centro. Si las tarifas son altas, puede no reducir tanto el tráfico de búsqueda de aparcamiento como se anuncia. Y si las tarifas son bajas para atraer usuarios, puede afectar a la rentabilidad de la concesión. Ese equilibrio todavía no está explicado.

Por último, falta el dato político más relevante: qué parte del riesgo asume realmente la empresa y qué parte asume la ciudad. Esa es la pregunta central. Porque una concesión puede presentarse como una fórmula en la que “paga la empresa”, pero si hay aportación municipal, tarifas garantizadas, ampliaciones de plazo, reequilibrios, ayudas públicas o compromisos futuros, entonces los gijoneses también pagan, ya sea como contribuyentes, como usuarios del aparcamiento o como ciudadanos que aceptan condicionar un espacio público durante 36 años.

Por lo tanto, faltan muchos datos por conocer a los gijoneses. Con los números actuales se entiende el tamaño del negocio, pero no su rentabilidad real. Sabemos que, con 1.461 plazas durante 36 años, cada euro diario de ingreso medio por plaza supone unos 19,2 millones de euros brutos a lo largo de toda la concesión. Esa es la referencia más clara: si la media fuera de 7 euros diarios por plaza, se moverían unos 134 millones brutos; si fuera de 10 euros, unos 192 millones; si fuera de 15 euros, unos 288 millones. Pero para saber cuánto gana realmente la concesionaria y cuánto pagan de verdad los gijoneses, hacen falta tarifas, ocupación, costes, financiación, canon, revisión de precios y reparto de riesgos.

La conclusión puede formularse así: los datos publicados permiten sospechar que el aparcamiento es la base económica de toda la operación, pero todavía no permiten auditar el negocio completo. Para que los gijoneses entiendan de verdad lo que se les propone, el gobierno municipal de Moriyón tendría que publicar el plan económico-financiero con todos esos datos y no limitarse a presentar la viabilidad general de la obra.

Para terminar el post quiero manifestar como epílogo, lo que deja esta operación no es solo el anuncio de una obra de enorme coste, larga duración y financiación condicionada por una concesión de décadas. Lo que deja, sobre todo, es una fotografía política de las prioridades del gobierno de Carmen Moriyón. Mientras el soterramiento del Muro recibe estudios, comparecencias, titulares, cálculos de viabilidad y una presentación institucional como gran proyecto de ciudad, el oeste de Gijón continúa esperando una respuesta equivalente para el vial de Jove, una infraestructura que afecta de lleno a barrios como La Calzada y a decenas de miles de vecinos que llevan años soportando problemas de movilidad, contaminación, aislamiento y falta de soluciones definitivas.

Ahí aparece con claridad una Gijón partida en dos velocidades. Una Gijón que merece informes, ambición, promesas de bulevares y transformaciones urbanas cuando se habla del frente marítimo, y otra Gijón que debe conformarse con la espera, la protesta y la foto política de turno cuando se trata de resolver problemas estructurales en el oeste. No se discute que el Muro pueda necesitar una reflexión urbana, ni que la ciudad deba mejorar sus espacios públicos. Lo que se cuestiona es que el gobierno municipal actúe con tanta energía ante una obra faraónica y, al mismo tiempo, no despliegue la misma determinación ante necesidades mucho más urgentes para miles de gijoneses.

La comparación resulta especialmente dura en una ciudad que arrastra problemas evidentes de vivienda pública, encarecimiento residencial, desigualdad entre barrios y pérdida de oportunidades para quienes no pueden acceder a un hogar digno. En ese contexto, plantear una actuación de entre 120 y 137 millones de euros, apoyada en una concesión de 36 años y en un aparcamiento de hasta 1.461 plazas, obliga a preguntarse si esta es realmente la prioridad que Gijón necesita. Porque una ciudad no se mide solo por sus grandes obras, ni por los titulares que generan sus proyectos más vistosos, sino por la capacidad de atender primero aquello que condiciona la vida diaria de sus vecinos.

Moriyón vuelve a situar el debate municipal en la política del brillo, de la gran actuación urbana, de la obra presentada como símbolo de modernidad. Es una forma de gobernar que recuerda a aquella política de proyectos grandilocuentes que durante años se utilizó para vestir de ambición, lo que muchas veces ocultaba carencias básicas sin resolver de Tini Areces. Gijón ya conoce esa lógica: levantar relatos de transformación mientras las necesidades reales siguen acumulándose en los barrios, en la vivienda, en los servicios públicos, en la movilidad cotidiana y en las zonas que no siempre ocupan el centro del escaparate político.

El problema no es solo económico, aunque también lo es. El problema es democrático y de prioridades. Una corporación elegida para cuatro años pretende encarrilar una concesión de 36 años, comprometiendo decisiones que afectarán a nueve mandatos municipales. Se habla de viabilidad, pero faltan datos esenciales sobre tarifas, ocupación, costes de explotación, beneficios empresariales, riesgos, canon, revisión de precios y garantías para la ciudad. Se dice que la empresa asumirá la mayor parte de la inversión, pero al final serán los gijoneses quienes paguen: como contribuyentes, como usuarios del aparcamiento o como ciudadanos que aceptan dejar condicionado un espacio público durante décadas.

Por eso, este proyecto no puede analizarse solo como una obra urbana. Debe analizarse como una forma de hacer política. Una política que selecciona prioridades, que decide dónde pone los recursos técnicos y económicos, que elige qué barrios merecen soluciones ambiciosas y cuáles deben seguir esperando. Y en esa elección aparece la peor imagen de Gijón: la de una ciudad con ciudadanos de primera y de segunda, donde el Muro se convierte en proyecto estratégico mientras La Calzada y el oeste siguen reclamando respuestas serias al vial de Jove.

La llamada modernización no puede construirse sobre medias verdades ni sobre operaciones que se presentan como inevitables antes de que la ciudadanía conozca todos los datos. Gijón necesita menos propaganda de grandeza y más gestión pegada a sus problemas reales. Necesita vivienda pública, equilibrio territorial, soluciones para el oeste, movilidad sensata y transparencia económica. Lo contrario es seguir instalado en esa maldita política de los políticos demagogos: prometer grandes transformaciones, envolverlas en discursos de futuro y dejar que sean los ciudadanos quienes terminen pagando las consecuencias de los caprichos del poder.

Ya lo dijo Aristóteles: “Una ciudad no se mide por la grandeza de sus obras, sino por la justicia con la que atiende a sus ciudadanos.”

 

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