MORIYÓN Y EL GIJÓN DE DOS VELOCIDADES: OBRAS FARAÓNICAS PARA EL MURO, ABANDONO PARA LA CALZADA

 

El 30 de abril se publicaba en la prensa regional que el gobierno municipal de Gijon integrado por, Foro, PP y un tránsfuga, nos informa a los gijoneses y asturianos que el estudio de viabilidad sobre el soterramiento del tráfico en el paseo del Muro de Gijón es viable tanto desde el punto de vista técnico como económico. El gobierno local presentó estos resultados como la confirmación de que el proyecto puede pasar de ser una propuesta política a una actuación concreta en fase de desarrollo. La alcaldesa, Carmen Moriyón, afirmó que los datos son “contundentes” y defendió que Gijón “puede y debe aspirar a todo”. La presentación del estudio corrió a cargo de la propia alcaldesa junto a Gilberto Villoria, concejal de Infraestructuras Urbanas y Rurales, y Jesús Martínez Salvador, concejal de Urbanismo. La información fue recogida por La Nueva España y por la web del Ayuntamiento de Gijón.

La actuación planteada transformaría de forma sustancial el frente marítimo gijonés. En superficie, el Muro quedaría prácticamente peatonalizado, salvo por un vial de servicio reservado para usos concretos como carga y descarga, residentes y vehículos de emergencia. Bajo esa nueva superficie peatonal se situaría un primer nivel soterrado destinado al tráfico rodado, con un vial de 4,5 metros en cada sentido. Ese primer nivel incluiría también plazas de aparcamiento en rotación. A partir de ahí, el estudio propone dos alternativas: una solución de dos niveles soterrados, que permitiría crear 933 plazas de aparcamiento, y otra de tres niveles, que elevaría la capacidad hasta 1.461 plazas. La diferencia entre ambas opciones sería de 528 plazas adicionales en la alternativa más ambiciosa.

El coste económico variaría según la opción elegida. La alternativa de dos niveles tendría una inversión estimada de 120 millones de euros, mientras que la de tres niveles alcanzaría los 137 millones. La diferencia presupuestaria entre ambas opciones se presenta como relativamente contenida respecto al aumento de plazas que supondría el tercer nivel. Según los datos expuestos por el gobierno municipal, el incremento del presupuesto sería del 14%, mientras que el número de plazas crecería un 57%. La duración de las obras se estima entre tres y cuatro años.

El modelo de financiación que estudia el Ayuntamiento se basaría en una concesión de obra y explotación, similar a la fórmula utilizada en el aparcamiento del Náutico. La idea del gobierno local es que la empresa concesionaria asuma la mayor parte de la inversión a cambio de explotar el servicio de estacionamiento durante un periodo prolongado. El Ayuntamiento aportaría hasta un 25% del presupuesto total, lo que supondría entre 30 y 34 millones de euros, en función de la alternativa elegida. El resto correría a cargo de la empresa adjudicataria. Según Gilberto Villoria, el estudio estima que la inversión podría amortizarse en 36 años, un plazo inferior al límite de 40 años que se suele contemplar para este tipo de concesiones. Esta fórmula fue defendida también en la información publicada por el Ayuntamiento de Gijón.

Desde el punto de vista técnico, el estudio se apoya en una campaña geotécnica que incluyó 19 sondeos y 18 ensayos de penetración realizados entre la avenida del Molinón y Eladio Carreño. Esos trabajos permitieron determinar que el sustrato rocoso bajo el Muro se encuentra a una profundidad de entre 14 y 23 metros, mientras que el nivel freático se sitúa entre los 3,5 y los 5,7 metros. A partir de esos datos, el estudio concluye que la obra podría ejecutarse mediante cimentación de pantallas con pilotes. Los responsables municipales destacaron que, por primera vez, se dispone de una caracterización precisa del terreno para valorar una intervención de esta magnitud.

Los accesos previstos para el soterramiento se situarían en la avenida de Castilla y en la calle Juan Alonso. También se contempla un acceso en el entorno del puente del Piles mediante una glorieta soterrada y se valora incorporar una salida por Menéndez Pelayo. La solución diseñada permitiría mantener la conexión viaria entre la zona este de la ciudad, el centro y el oeste, al mismo tiempo que se liberaría la superficie del paseo para usos peatonales y urbanos. Según los concejales del gobierno local, el proyecto intenta conciliar la necesidad de humanizar y peatonalizar el Muro con el mantenimiento de una conexión de tráfico considerada relevante para la movilidad de Gijón.

El estudio incluye también un análisis de movilidad. Según los datos mencionados por Gilberto Villoria en El Comercio, el 60% del tráfico actual del Muro lo utiliza como eje de conexión entre la zona este, el centro y el oeste de la ciudad. Otro 30% correspondería al llamado tráfico “de agitación”, es decir, vehículos que circulan buscando aparcamiento. El gobierno local sostiene que este último tipo de tráfico podría reducirse con la creación de un aparcamiento subterráneo vinculado al propio soterramiento.

Uno de los aspectos destacados por los concejales es la posible compatibilidad del proyecto con futuras prolongaciones. Aunque la actuación ahora planteada se limita al ámbito del Muro, Villoria y Martínez Salvador señalaron que la solución técnica sería compatible con una ampliación posterior en ambos extremos. Hacia el este, podría llegar en una segunda fase hasta el entorno de El Molinón y conectar con el nudo de La Guía, como figuraba en el programa electoral de Foro. Hacia el centro, también podría estudiarse una prolongación para resolver el cuello de botella que se produce en el giro de San Bernardo, Munuza y Los Moros. No obstante, los responsables municipales indicaron que la fase actual se ha planteado con un alcance más limitado para que resulte económicamente abordable. Esta posibilidad de prolongación fue detallada en El Comercio.

El gobierno local subraya que el proyecto se encuentra todavía en una fase inicial. El siguiente paso será profundizar en el modelo económico-financiero, realizar consultas al mercado para conocer el interés de posibles empresas concesionarias y avanzar posteriormente en la licitación de la redacción del proyecto y de la obra. Según los responsables municipales, ese proceso sitúa la posible licitación de la actuación en un horizonte de tres o cuatro años. Jesús Martínez Salvador explicó que ahora corresponde estudiar con mayor detalle la fórmula que permitiría hacer realidad la intervención y comprobar, mediante contactos con el mercado, si las empresas consideran atractiva la concesión.

La actuación también contempla medidas de control y seguridad durante las obras. Gilberto Villoria reconoció que una intervención de esta magnitud puede generar incertidumbre entre los vecinos y propietarios de edificios próximos, pero afirmó que el proyecto incluye más de un millón de euros en partidas destinadas a la auscultación de edificios y a la monitorización del entorno durante toda la ejecución. Según explicó, estas medidas permitirían detectar y corregir posibles incidencias a medida que avanzaran los trabajos. También se plantea una barrera de contención delante de los edificios mediante una pantalla cimentada a más de 20 metros de profundidad, hasta alcanzar el sustrato rocoso.

Respecto al funcionamiento del futuro túnel, Villoria defendió que los carriles de 4,5 metros de ancho permitirían reducir las afecciones al tráfico derivadas de las maniobras de entrada y salida de las plazas de aparcamiento. Según explicó, esa anchura es superior a la de un carril convencional, situado en torno a los tres metros, y está pensada para que las maniobras de aparcamiento entorpezcan lo menos posible la circulación.

En el plano político y social, el gobierno local presenta el soterramiento como una actuación estratégica para modernizar el frente marítimo y reactivar uno de los espacios más emblemáticos de Gijón. Moriyón afirmó que el proyecto sitúa a la ciudad en condiciones de acometer transformaciones pendientes y lo comparó con actuaciones realizadas en ciudades como A Coruña y Santander. Martínez Salvador destacó que la intervención podría generar un nuevo espacio urbano con zonas estanciales, culturales, deportivas y de ocio, además de mejorar el entorno para comercios, hostelería y negocios del área.

La recepción del proyecto, según las noticias citadas, ha sido desigual. Los sectores económicos y empresariales lo han acogido positivamente, mientras que el resto de partidos con representación en el Ayuntamiento, incluido el PP, socio de gobierno de Foro, han mostrado rechazo o reservas. También la Asociación de Vecinos de La Arena se opone a la actuación. Los concejales foristas consideran previsible esa posición, dado que el debate sobre el futuro del Muro ya marcó el mandato anterior y cada fuerza política había definido su propio modelo para este espacio. Frente a esas críticas, el gobierno local insiste en que el estudio aporta datos reales, técnicos y económicos para sostener la viabilidad de la propuesta.

La primera impresión que deja la publicación de la noticia es que buena parte de lo anunciado se mueve todavía en el terreno de las intenciones, con una obra de enorme complejidad, condicionada por estudios económicos, consultas al mercado, concesiones, plazos prolongados y decisiones políticas aún pendientes. Sin embargo, hay un aspecto que ha pasado prácticamente desapercibido para la sociedad gijonesa: el gobierno de Carmen Moriyón sí encargó un estudio para analizar el soterramiento del tráfico en el Muro, pero no impulsó con la misma determinación un estudio equivalente que permitiera plantear una alternativa al vial de Jove que defendía el Secretario de Estado, José Antonio Santano, al cual fue a ver dos veces a Madrid. El vial de Jove es una infraestructura que afecta directamente al oeste de Gijón y a una población aproximada de 40.000 personas.

Esa diferencia de trato evidencia una forma de gestionar las prioridades municipales que resulta difícil de justificar desde el interés general de la ciudad. Mientras se destinan esfuerzos técnicos, políticos y económicos a estudiar una actuación en el frente marítimo, los vecinos del oeste siguen esperando soluciones reales a un problema que condiciona su calidad de vida, su movilidad y su entorno urbano. La gestión de Moriyón y de Foro transmite así una imagen de prioridades desequilibradas, en la que unas zonas de Gijón reciben atención, planificación y ambición institucional, mientras otras quedan relegadas pese a soportar problemas estructurales desde hace décadas, eso sí de “manifa” manda a sus concejales para que salgan en la foto como sucede con el utillero, Jesús Martínez Salvador y demás.

Afeando esa forma de actuar, lo cuestionable no es que se estudie el futuro del Muro, sino que no se actúe con la misma intensidad ante necesidades que afectan a decenas de miles de gijoneses. Gobernar para la ciudad exige atender al conjunto de sus barrios y no concentrar la iniciativa política en proyectos de mayor impacto mediático mientras otros asuntos esenciales permanecen sin una respuesta equivalente. En ese contraste se aprecia con claridad cuál ha sido la prioridad del gobierno local: avanzar en el soterramiento del Muro, mientras el oeste de Gijón continúa esperando una alternativa seria al vial de Jove.

Para estudiar la situación con los pocos datos disponibles conviene partir de una cifra concreta: la alternativa más amplia del soterramiento del Muro contempla 1.461 plazas de aparcamiento, una inversión estimada de 137 millones de euros, una aportación municipal de hasta el 25% y una concesión de explotación calculada en 36 años. En términos económicos, eso significa que el Ayuntamiento pondría alrededor de 34,25 millones de euros y que la parte que tendría que recuperar principalmente la concesionaria rondaría los 102,75 millones de euros, sin contar gastos financieros, mantenimiento, personal, energía, seguros, impuestos, reparaciones, actualización de instalaciones ni beneficio empresarial. Esos datos coinciden con lo publicado sobre el proyecto y con el esquema de concesión planteado https://bit.ly/4tH9cLk  

La primera conclusión aritmética es sencilla: 1.461 plazas durante 36 años equivalen a 52.596 “plazas-año”. Si se baja el cálculo al día a día, son 19.197.540 “plazas-día”, tomando años de 365 días. Por tanto, para recuperar solo los 102,75 millones que corresponderían a la parte no municipal de la inversión, cada plaza tendría que generar de media unos 1.954 euros al año, unos 163 euros al mes o unos 5,35 euros al día durante los 36 años. Esa cifra no es una tarifa, sino el umbral bruto medio necesario para cubrir únicamente la inversión atribuida a la concesionaria. Si se quisiera cubrir el coste total de la obra, los 137 millones completos, el promedio subiría a unos 2.605 euros por plaza y año, unos 217 euros al mes o unos 7,14 euros por plaza y día,

A partir de ahí se entiende mejor el alcance real de una concesión de 36 años. Si cada plaza generase una media de 5 euros diarios, la recaudación bruta total durante toda la concesión sería de unos 96 millones de euros, por debajo de los 102,75 millones que tendría que recuperar la concesionaria si asumiera el 75% de la inversión. Si la media fuese de 7 euros por plaza y día, la recaudación bruta ascendería a unos 134,4 millones. Con 8 euros diarios serían unos 153,6 millones. Con 10 euros diarios, unos 192 millones. Con 12 euros diarios, unos 230,4 millones. Con 15 euros diarios, unos 288 millones. Y con 20 euros diarios, unos 384 millones de euros brutos a lo largo de los 36 años.

La comparación permite ver una cuestión importante: la concesión no se entiende solo por el número de plazas, sino por la recaudación media diaria que cada plaza pueda producir. Una media de 5,35 euros por plaza y día permitiría alcanzar aproximadamente los 102,75 millones de euros de inversión privada, pero no cubriría de forma realista todos los costes añadidos que soporta una explotación de este tipo. Para que la concesión resulte atractiva a una empresa, la recaudación tendría que estar claramente por encima de ese umbral, porque la empresa no solo buscaría recuperar la obra, sino también pagar la financiación, mantener el aparcamiento, asumir el riesgo de ocupación y obtener beneficio.

Como referencia externa, no como tarifa futura del Muro, los aparcamientos de Telpark en Gijón muestran precios de rotación bastante superiores a ese umbral diario mínimo: el parking Jardines del Náutico indica 2,15 euros la primera hora y 25,25 euros de máximo diario, mientras que el parking de El Arenal indica 2,05 euros la primera hora y 24,75 euros de máximo diario. Esos datos no permiten saber cuánto se cobraría en el futuro aparcamiento del Muro, pero sí sirven para entender que, en un aparcamiento céntrico de rotación, la recaudación diaria potencial puede superar con facilidad los 5,35 euros por plaza y día si existe ocupación suficiente https://bit.ly/4epcVIS

Si se analiza la concesión como si todas las plazas fueran de abono mensual, el resultado cambia. Con un abono medio de 100 euros al mes y el 100% de ocupación durante 36 años, la recaudación bruta sería de unos 63,1 millones de euros, insuficiente para recuperar los 102,75 millones. Con 150 euros al mes y ocupación total, serían unos 94,7 millones, todavía por debajo de esa cifra. Con 180 euros al mes y ocupación total, serían unos 113,6 millones, ya por encima de la inversión privada estimada, pero con un margen muy reducido para cubrir gastos de explotación, financiación y beneficio. Con 200 euros al mes y ocupación total, la recaudación bruta llegaría a unos 126,2 millones. Si la ocupación media bajara al 85%, esos mismos 200 euros mensuales generarían unos 107,3 millones, apenas por encima de la inversión privada estimada. Si bajara al 70%, serían unos 88,4 millones, insuficientes.

Por eso, desde un punto de vista estrictamente económico, parece difícil que la concesión se sostenga solo con abonos baratos de residente. La viabilidad para la concesionaria dependería probablemente de una combinación de plazas de rotación, abonados, residentes, tarifas por horas, máxima diaria, ocupación alta en verano y demanda constante durante todo el año. El propio planteamiento difundido distingue entre aparcamiento de rotación y plazas para residentes o abonados, lo que apunta a un modelo mixto de ingresos https://bit.ly/4d5qTNG  

El punto políticamente delicado está en la duración. Una alcaldesa como Carmen Moriyón y una corporación municipal como la actual son elegidas para un mandato de cuatro años, pero una concesión de 36 años condicionaría la gestión del espacio, las tarifas, el modelo de movilidad y la explotación económica durante nueve mandatos municipales completos. La Ley de Contratos del Sector Público permite que las concesiones de obras puedan alcanzar hasta 40 años cuando incluyen ejecución de obra y explotación del servicio, pero que algo sea legalmente posible no elimina el debate político sobre la conveniencia de comprometer una infraestructura urbana durante más de tres décadas https://bit.ly/4tTm2WY

Con los datos disponibles, la idea que se obtiene es clara: el aparcamiento no sería un elemento secundario del proyecto, sino la pieza económica que permitiría justificar la concesión. Si se construyen 1.461 plazas y se explotan durante 36 años, incluso pequeñas diferencias en la recaudación media diaria cambian por completo el volumen de negocio. A 7 euros por plaza y día, la explotación movería unos 134 millones brutos. A 10 euros, casi 192 millones. A 15 euros, cerca de 288 millones. Esas cantidades no son beneficio neto, pero sí muestran el tamaño económico de la operación que quedaría en manos de una concesionaria durante décadas.

Desde esa perspectiva, la crítica a la gestión de Moriyón puede formularse sin necesidad de exagerar: el gobierno local plantea una actuación que, aunque se presente como transformación urbana, descansa en un compromiso económico y concesional de larguísimo plazo. Gijón aportaría dinero público, cedería la explotación durante 36 años y dejaría a futuras corporaciones una decisión estratégica ya condicionada. Ese es el núcleo del problema: una decisión adoptada desde un mandato de cuatro años puede hipotecar durante décadas la forma en que los gijoneses aparcan, circlan y pagan por usar un espacio central de la ciudad.

La lectura final es que, con los números conocidos, la concesión solo tiene sentido si el aparcamiento genera ingresos sostenidos durante muchos años. Y esos ingresos saldrían, en última instancia, de los usuarios: gijoneses, visitantes, abonados, residentes o conductores de rotación. Por eso no se trata solo de preguntar cuánto cuesta la obra, sino cuánto dinero moverá la explotación durante 36 años y quién acabará pagándolo. En una ciudad con necesidades pendientes en otros barrios, especialmente en el oeste y en el entorno afectado por el vial de Jove, resulta legítimo afear que el gobierno municipal ponga tanta capacidad técnica, política y financiera en este proyecto mientras otras demandas estructurales no reciben una respuesta equivalente.

Con los datos que se manejan se puede entender la dimensión del negocio, pero todavía no se puede conocer con precisión la rentabilidad real de la concesión ni cuánto acabarían pagando los gijoneses en conjunto. Lo que sabemos permite ver el orden de magnitud: 1.461 plazas, 36 años de explotación, una inversión total de 137 millones, una aportación municipal aproximada de 34,25 millones y una parte privada cercana a 102,75 millones. Eso ya basta para afirmar que no hablamos de un simple aparcamiento accesorio, sino de una operación económica de largo recorrido.

El dato más importante que falta por conocer a los gijoneses y asturianos es la tarifa prevista. No basta con saber cuántas plazas habrá; hay que saber cuánto se cobrará por hora, cuánto costará la estancia máxima diaria, qué precio tendrán los abonos mensuales, qué parte será para residentes, qué parte será de rotación y si habrá tarifas diferenciadas por temporada. Sin esa información, solo se pueden hacer escenarios. La clave económica está en saber cuánto dinero neto generará cada plaza al día de media durante 36 años.

También falta conocer la ocupación prevista. Un aparcamiento de 1.461 plazas no genera ingresos por existir, sino por estar ocupado. No es lo mismo una ocupación media del 60%, del 75%, del 85% o del 95%. Esa diferencia cambia por completo el negocio. Con ocupaciones bajas, la concesión podría no cubrir la inversión; con ocupaciones altas y tarifas elevadas, el volumen de ingresos podría ser muy superior al coste inicial.

Otro dato imprescindible es el reparto entre plazas de rotación, abonados y residentes. Las plazas de rotación suelen generar más ingresos por plaza si tienen mucha demanda, porque se cobran por horas o por días. Las plazas de abonados dan ingresos más estables, pero normalmente más limitados. Las plazas para residentes podrían tener una rentabilidad menor si se plantean con precios contenidos. Por tanto, el negocio cambia mucho según el reparto interno del aparcamiento.

Falta además el coste real de explotación. De los ingresos brutos habría que descontar personal, vigilancia, limpieza, mantenimiento, iluminación, ventilación, bombeos, sistemas contra incendios, seguros, impuestos, reposición de maquinaria, reparaciones, gestión informática, ascensores, cámaras, barreras, señalización y posibles obras de conservación. En un aparcamiento soterrado junto al mar, con nivel freático y una infraestructura compleja, el mantenimiento puede ser un dato muy relevante. Sin ese coste anual, no se puede saber el margen real de la concesionaria.

También falta conocer el coste financiero. Si la empresa concesionaria debe adelantar más de 100 millones de euros, probablemente necesitará financiación. Ese dinero tiene intereses. Por tanto, no basta con recuperar 102,75 millones; la empresa tendría que recuperar la inversión, pagar la financiación, cubrir los gastos de explotación y obtener beneficio. Ese dato es esencial para saber qué tarifas necesitaría aplicar para que el negocio le saliera rentable.

Otro punto clave es si la concesionaria pagaría o no un canon al Ayuntamiento. Si el Ayuntamiento aporta dinero y además entrega la explotación durante 36 años, habría que saber si recibirá algún canon anual, algún porcentaje de ingresos o algún retorno adicional. Si no hay canon relevante, la ciudad estaría aportando dinero público y entregando la explotación durante décadas a cambio de la obra. Si lo hay, habría que incorporarlo al estudio económico.

Falta saber también si el contrato incluiría cláusulas de revisión de tarifas. En 36 años la inflación puede alterar por completo las cifras. Una tarifa que hoy parece alta puede quedar desfasada dentro de veinte años, y una tarifa que hoy parece moderada puede subir periódicamente si el contrato permite actualizarla con el IPC u otros índices. Para los gijoneses, este dato es fundamental, porque determina si el coste de aparcar quedaría condicionado durante décadas.

Hay otro dato especialmente importante: las posibles cláusulas de reequilibrio económico-financiero. En algunas concesiones, si la demanda real es inferior a la prevista o cambian determinadas condiciones, la concesionaria puede reclamar compensaciones, ampliaciones de plazo o cambios económicos. Si existieran mecanismos de ese tipo, el riesgo no recaería solo en la empresa, sino también, directa o indirectamente, en la administración y en los ciudadanos de Gijón.

También sería necesario conocer si al final de los 36 años la infraestructura revertiría al Ayuntamiento en buen estado, qué obligaciones de conservación tendría la empresa antes de entregarla y qué inversiones de reposición serían obligatorias durante la concesión. No es un detalle menor: una obra de este tamaño puede requerir fuertes inversiones de mantenimiento a mitad o final de vida concesional.

Falta, además, un estudio claro sobre el impacto en otros aparcamientos y en la movilidad urbana. Si el nuevo parking concentra demanda, puede alterar el uso de otros aparcamientos del centro. Si las tarifas son altas, puede no reducir tanto el tráfico de búsqueda de aparcamiento como se anuncia. Y si las tarifas son bajas para atraer usuarios, puede afectar a la rentabilidad de la concesión. Ese equilibrio todavía no está explicado.

Por último, falta el dato político más relevante: qué parte del riesgo asume realmente la empresa y qué parte asume la ciudad. Esa es la pregunta central. Porque una concesión puede presentarse como una fórmula en la que “paga la empresa”, pero si hay aportación municipal, tarifas garantizadas, ampliaciones de plazo, reequilibrios, ayudas públicas o compromisos futuros, entonces los gijoneses también pagan, ya sea como contribuyentes, como usuarios del aparcamiento o como ciudadanos que aceptan condicionar un espacio público durante 36 años.

Por lo tanto, faltan muchos datos por conocer a los gijoneses. Con los números actuales se entiende el tamaño del negocio, pero no su rentabilidad real. Sabemos que, con 1.461 plazas durante 36 años, cada euro diario de ingreso medio por plaza supone unos 19,2 millones de euros brutos a lo largo de toda la concesión. Esa es la referencia más clara: si la media fuera de 7 euros diarios por plaza, se moverían unos 134 millones brutos; si fuera de 10 euros, unos 192 millones; si fuera de 15 euros, unos 288 millones. Pero para saber cuánto gana realmente la concesionaria y cuánto pagan de verdad los gijoneses, hacen falta tarifas, ocupación, costes, financiación, canon, revisión de precios y reparto de riesgos.

La conclusión puede formularse así: los datos publicados permiten sospechar que el aparcamiento es la base económica de toda la operación, pero todavía no permiten auditar el negocio completo. Para que los gijoneses entiendan de verdad lo que se les propone, el gobierno municipal de Moriyón tendría que publicar el plan económico-financiero con todos esos datos y no limitarse a presentar la viabilidad general de la obra.

Para terminar el post quiero manifestar como epílogo, lo que deja esta operación no es solo el anuncio de una obra de enorme coste, larga duración y financiación condicionada por una concesión de décadas. Lo que deja, sobre todo, es una fotografía política de las prioridades del gobierno de Carmen Moriyón. Mientras el soterramiento del Muro recibe estudios, comparecencias, titulares, cálculos de viabilidad y una presentación institucional como gran proyecto de ciudad, el oeste de Gijón continúa esperando una respuesta equivalente para el vial de Jove, una infraestructura que afecta de lleno a barrios como La Calzada y a decenas de miles de vecinos que llevan años soportando problemas de movilidad, contaminación, aislamiento y falta de soluciones definitivas.

Ahí aparece con claridad una Gijón partida en dos velocidades. Una Gijón que merece informes, ambición, promesas de bulevares y transformaciones urbanas cuando se habla del frente marítimo, y otra Gijón que debe conformarse con la espera, la protesta y la foto política de turno cuando se trata de resolver problemas estructurales en el oeste. No se discute que el Muro pueda necesitar una reflexión urbana, ni que la ciudad deba mejorar sus espacios públicos. Lo que se cuestiona es que el gobierno municipal actúe con tanta energía ante una obra faraónica y, al mismo tiempo, no despliegue la misma determinación ante necesidades mucho más urgentes para miles de gijoneses.

La comparación resulta especialmente dura en una ciudad que arrastra problemas evidentes de vivienda pública, encarecimiento residencial, desigualdad entre barrios y pérdida de oportunidades para quienes no pueden acceder a un hogar digno. En ese contexto, plantear una actuación de entre 120 y 137 millones de euros, apoyada en una concesión de 36 años y en un aparcamiento de hasta 1.461 plazas, obliga a preguntarse si esta es realmente la prioridad que Gijón necesita. Porque una ciudad no se mide solo por sus grandes obras, ni por los titulares que generan sus proyectos más vistosos, sino por la capacidad de atender primero aquello que condiciona la vida diaria de sus vecinos.

Moriyón vuelve a situar el debate municipal en la política del brillo, de la gran actuación urbana, de la obra presentada como símbolo de modernidad. Es una forma de gobernar que recuerda a aquella política de proyectos grandilocuentes que durante años se utilizó para vestir de ambición, lo que muchas veces ocultaba carencias básicas sin resolver de Tini Areces. Gijón ya conoce esa lógica: levantar relatos de transformación mientras las necesidades reales siguen acumulándose en los barrios, en la vivienda, en los servicios públicos, en la movilidad cotidiana y en las zonas que no siempre ocupan el centro del escaparate político.

El problema no es solo económico, aunque también lo es. El problema es democrático y de prioridades. Una corporación elegida para cuatro años pretende encarrilar una concesión de 36 años, comprometiendo decisiones que afectarán a nueve mandatos municipales. Se habla de viabilidad, pero faltan datos esenciales sobre tarifas, ocupación, costes de explotación, beneficios empresariales, riesgos, canon, revisión de precios y garantías para la ciudad. Se dice que la empresa asumirá la mayor parte de la inversión, pero al final serán los gijoneses quienes paguen: como contribuyentes, como usuarios del aparcamiento o como ciudadanos que aceptan dejar condicionado un espacio público durante décadas.

Por eso, este proyecto no puede analizarse solo como una obra urbana. Debe analizarse como una forma de hacer política. Una política que selecciona prioridades, que decide dónde pone los recursos técnicos y económicos, que elige qué barrios merecen soluciones ambiciosas y cuáles deben seguir esperando. Y en esa elección aparece la peor imagen de Gijón: la de una ciudad con ciudadanos de primera y de segunda, donde el Muro se convierte en proyecto estratégico mientras La Calzada y el oeste siguen reclamando respuestas serias al vial de Jove.

La llamada modernización no puede construirse sobre medias verdades ni sobre operaciones que se presentan como inevitables antes de que la ciudadanía conozca todos los datos. Gijón necesita menos propaganda de grandeza y más gestión pegada a sus problemas reales. Necesita vivienda pública, equilibrio territorial, soluciones para el oeste, movilidad sensata y transparencia económica. Lo contrario es seguir instalado en esa maldita política de los políticos demagogos: prometer grandes transformaciones, envolverlas en discursos de futuro y dejar que sean los ciudadanos quienes terminen pagando las consecuencias de los caprichos del poder.

Ya lo dijo Aristóteles: “Una ciudad no se mide por la grandeza de sus obras, sino por la justicia con la que atiende a sus ciudadanos.”

 

ENRIQUE RIESTRA Y EL SAQUEO DE LLANES: SIN VIVIENDA NO HAY PUEBLO

 

La noticia publicada hoy en La Voz de Asturias, “Asturias estrena sus primeras zonas tensionadas en Llanes y Cabrales: topes al alquiler y dudas sobre el turismo”, explica que el Principado ha declarado por primera vez zonas de mercado residencial tensionado en Asturias. La medida afecta a los núcleos de Llanes y Posada, en el concejo de Llanes, y a Arenas y Poo, en Cabrales. Se trata de una figura prevista en la ley estatal de vivienda para zonas donde existen dificultades especiales de acceso a la vivienda habitual, especialmente en territorios sometidos a una fuerte presión turística.

El efecto inmediato de esta declaración se produce en el mercado del alquiler residencial. Según expone Alejandra Boto, catedrática de Derecho Administrativo de la Universidad de Oviedo, la medida afecta tanto a los contratos de arrendamiento que ya están en vigor como a los que se firmen durante la vigencia de la zona tensionada. Las consecuencias principales se centran en las limitaciones de renta y en determinadas cuestiones relativas a la duración de los contratos. En los nuevos contratos de vivienda habitual, la renta inicial no podrá superar la última renta vigente en contratos anteriores, conforme a lo establecido en la Ley de Arrendamientos Urbanos.

La noticia subraya que esta limitación no alcanza al alquiler vacacional ni al alquiler de temporada. Alejandra Boto aclara que la declaración solo afecta al alquiler destinado a vivienda habitual, por lo que los alojamientos turísticos y los contratos temporales quedan fuera de sus efectos inmediatos. Por esa razón, considera difícil prever un impacto directo sobre el turismo, ya que, desde el punto de vista jurídico inmediato, el efecto sobre esa actividad sería teóricamente nulo. También se recuerda que la decisión de destinar una vivienda al alquiler residencial o al turístico sigue siendo una decisión privada del propietario.

Además de estos efectos iniciales, la declaración de zona tensionada obliga a elaborar planes específicos para cada área afectada. Esos planes deberán contar con la participación de las administraciones implicadas y podrán incluir medidas regulatorias, fiscales y de fomento. Sin embargo, la noticia señala que ese desarrollo aún está pendiente, por lo que no se conocen todavía las actuaciones concretas que se aplicarán en Llanes, Posada, Arenas y Poo.

El texto también menciona un estudio publicado en la revista Ciudad y Territorio por Enol Álvarez, Elena Lasarte y Fernando Rubiera. Según ese trabajo, la declaración de zonas tensionadas permite activar políticas públicas específicas en materia de vivienda, pero su eficacia dependerá de las medidas posteriores, como incentivos fiscales, regulación o incremento de la oferta de vivienda. El estudio destaca además la importancia de la delimitación territorial, ya que en Asturias la declaración se ha aplicado a núcleos concretos y no a concejos completos.

Desde el Ayuntamiento de Llanes, el alcalde que ha propiciado dicha situación de declaración de zona tensionada por dejar tras once años de gobierno municipal de, VecinosxLlanes y PP, que el mercado campara a sus anchas, Enrique Riestra, reconoce que existe un problema real de vivienda, pero expresa cautela ante la aplicación práctica de la medida. Afirma que todavía hay muchas incógnitas sobre sus consecuencias, sobre los precios que se toparán y sobre la forma en que se aplicarán los límites en unas zonas u otras. Riestra evita posicionarse claramente a favor o en contra y considera necesario esperar a conocer mejor el alcance de la declaración (su subconsciente le sigue traicionando ya que, ni quiere ni puede dejar que el mercado siga campando a sus anchas en Llanes). También señala que la medida debería ir acompañada de actuaciones estructurales, como avances en el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) y en vivienda pública (eso es lo único que le preocupa, sacar adelante un PGOU hecho a medida para intereses ajenos a los llaniscos de la mano de AVALL, donde la construcción de vivienda pública es la rara excepción que se contempla en dicho plan).

En Cabrales, el alcalde José Sánchez explica que el proceso partió de la necesidad de contar con datos, ya que el ayuntamiento no tenía medios técnicos ni económicos para elaborar por sí solo un estudio. Según ese análisis, las zonas tensionadas del concejo son Arenas y Poo, mientras que otros núcleos quedaron fuera. Sánchez describe una situación en la que los precios dificultan que gente joven pueda vivir en Cabrales, especialmente por la presión del alquiler turístico. Como ejemplo, menciona viviendas alquiladas por 500 euros al mes fuera de temporada que en verano pasan a costar 130 euros diarios.

Pese a reconocer el problema, el alcalde de Cabrales tampoco espera efectos inmediatos de cara al próximo verano. Señala que la elaboración de ordenanzas y regulaciones requiere plazos administrativos, por lo que la situación turística continuará previsiblemente como hasta ahora. También admite que algunos propietarios podrían preferir mantener sus viviendas en el alquiler turístico si les resulta más rentable.

En conjunto, la noticia presenta la declaración de zonas tensionadas en Llanes y Cabrales como un primer paso para intervenir en el mercado residencial, pero con efectos inmediatos limitados al alquiler de vivienda habitual. El impacto real sobre el acceso a la vivienda y sobre el turismo queda pendiente de las medidas que se desarrollen en los próximos meses mediante los planes específicos previstos por la ley.

La referencia empírica más directa en España donde se ha aplicado dicha medida es Cataluña, porque fue la primera en aplicar la limitación de rentas en municipios tensionados. La evidencia disponible permite hablar de contención y bajadas de renta, pero no de solución completa del problema.

Un escenario serio para Llanes, Posada, Arenas y Poo tendría que partir de una idea clara: la declaración de zona tensionada no debería quedarse en un simple tope de alquiler, sino convertirse en el eje de una política pública de vivienda habitual. La Ley estatal de vivienda permite precisamente orientar actuaciones públicas en áreas donde existe riesgo de oferta insuficiente de vivienda asequible, y obliga a que la declaración vaya acompañada de un plan específico con medidas y calendario. Además, la propia ley define la vivienda por su función social, como un bien destinado a satisfacer necesidades básicas de alojamiento, y configura las políticas de vivienda como servicio de interés general https://bit.ly/4wdUGfV  

El primer paso inmediato sería aplicar de forma estricta la contención de rentas en los contratos de vivienda habitual. En las zonas tensionadas, el nuevo contrato no puede superar la última renta vigente en los cinco años anteriores, salvo actualizaciones y supuestos tasados; y, cuando el arrendador sea gran tenedor, la renta no puede rebasar el índice estatal de referencia. Esto debería ir acompañado de una oficina pública comarcal o municipal que calcule el precio máximo de cada vivienda antes de firmar el contrato, asesore a inquilinos y propietarios, y evite que la norma dependa de que cada ciudadano conozca por sí solo el sistema legal. Aquí surge el primer problema, sería poner al frente de dicha oficina a una administración como el gobierno municipal de Llanes que no cree en la misma, como ha manifestado el alcalde de Llanes, Enrique Riestra. Sería como poner a la zorra al cuidado de las gallinas https://bit.ly/4cOLAyA   

El segundo paso debería ser convertir la información en control real. La ley permite exigir a los grandes tenedores información sobre sus viviendas en zonas tensionadas, incluido uso efectivo, datos del inmueble y cumplimiento de deberes de propiedad. Esa información serviría para distinguir viviendas ocupadas, vacías, turísticas, de temporada, infrautilizadas o en alquiler residencial. Sin ese mapa, la Administración regula a ciegas; con él, puede saber dónde falta vivienda habitual, quién concentra inmuebles y qué viviendas pueden incorporarse al alquiler asequible https://bit.ly/42J68SW

La experiencia catalana muestra que la contención de precios necesita inspección, publicidad transparente y sanciones. Cataluña aplica la limitación de alquiler desde el 16 de marzo de 2024 en 140 municipios, ampliados después a otros 131, hasta llegar a 271 municipios donde vive el 90% de la población catalana https://bit.ly/3RhPRBW Según el Ministerio de Vivienda, durante el primer año de aplicación, en los 140 municipios catalanes inicialmente declarados tensionados los alquileres bajaron un 4,9%, y en Barcelona un 8,9%. El Ministerio también señaló un aumento de contratos vigentes respecto al año anterior. Además, un estudio académico sobre la regulación catalana anterior de 2020 estimó una reducción de las rentas pagadas de entre el 4% y el 6%, sin encontrar evidencia de reducción de la oferta medida por contratos firmados, contratos finalizados o stock activo https://bit.ly/4n3zuF4

Esa evidencia permite afirmar una cosa concreta: la regulación puede contener o reducir precios del alquiler residencial cuando se aplica con datos, índice de referencia, publicidad obligatoria y control administrativo. No permite afirmar que por sí sola resuelva todo el problema de acceso a la vivienda. De hecho, la propia experiencia catalana muestra que, si no se cierran vías de escape, parte del mercado puede desplazarse hacia contratos de temporada o fórmulas que intentan evitar la contención de rentas. El decreto catalán de 2025 recogió que, tras la entrada en vigor de la contención, los alquileres de temporada aumentaron un 37,5% interanual en el tercer trimestre de 2024, y que en Barcelona representaban el 32,7% de los nuevos contratos. La norma respondió obligando a informar del precio de referencia, la renta anterior, la condición de gran tenedor y la finalidad del contrato, además de tipificar como infracción la finalidad simulada o fraudulenta https://bit.ly/4nekIeU

Por eso, en Llanes y Cabrales la medida debería completarse con una regulación específica del alquiler de temporada cuando en realidad encubra vivienda habitual. Si una vivienda se alquila a una persona que necesita residir allí por trabajo, estudios, cuidados o arraigo, no debería bastar con llamarlo “temporada” para eludir la función residencial. La actuación pública debería exigir que el contrato indique su finalidad real, que los anuncios muestren el índice o la renta anterior, y que la Administración pueda sancionar precios superiores al máximo legal o finalidades contractuales falsas, siguiendo el modelo de control ya desarrollado en Cataluña https://bit.ly/498pm8c  

El tercer eje sería movilizar vivienda vacía o infrautilizada hacia alquiler habitual asequible. La Ley estatal prevé incentivos fiscales: la reducción en IRPF puede llegar al 90% si se firma un nuevo contrato en zona tensionada rebajando más de un 5% la renta respecto al contrato anterior, y al 70% cuando se alquile por primera vez en zona tensionada a jóvenes de entre 18 y 35 años o cuando la vivienda se arriende a una Administración, entidad sin ánimo de lucro o programa público con renta limitada. Esa vía debería combinarse con garantías públicas frente a impago, ayudas a rehabilitación condicionadas a alquiler estable y asequible, y convenios con propietarios para ceder viviendas a bolsas públicas de alquiler.

A la vez, la política fiscal municipal debería penalizar la retención injustificada de vivienda vacía allí donde sea legalmente aplicable. La Ley estatal permite modular el recargo del IBI sobre inmuebles residenciales desocupados con carácter permanente, hasta un máximo del 150% según duración de la desocupación y número de viviendas del mismo titular en el municipio. Esta medida no sustituye a la oferta pública, pero sí refuerza la idea de que la vivienda no puede funcionar solo como activo inmóvil cuando existe una necesidad acreditada de residencia habitual https://bit.ly/4epBa9D  

En un municipio como Llanes, donde existe un volumen significativo de viviendas cerradas durante la mayor parte del año y ocupadas solo en temporada estival, la política fiscal municipal debería utilizar el recargo del IBI únicamente en los supuestos en que la ley permita considerar esas viviendas como inmuebles residenciales desocupados con carácter permanente y sin causa justificada. En esos casos, los propietarios podrían ver incrementado el coste fiscal de mantener la vivienda fuera del uso residencial habitual, mediante un recargo que puede modularse según el tiempo de desocupación y el número de viviendas del mismo titular. La medida no supondría gravar automáticamente toda segunda residencia utilizada en verano, sino penalizar la retención injustificada de viviendas que permanecen cerradas de forma continuada mientras existe una necesidad acreditada de vivienda habitual en el concejo. Su finalidad sería incentivar que esos inmuebles se incorporen al mercado de alquiler residencial estable, a programas públicos de alquiler asequible o a fórmulas de cesión con garantías, reforzando la función social de la vivienda sin sustituir la obligación pública de aumentar la oferta residencial.

El cuarto eje tendría que ser el aumento estable de vivienda pública, protegida y dotacional. En el caso de Llanes, el nuevo PGOU se encuentra en tramitación y fue sometido a exposición pública tras su aprobación en el pleno extraordinario del 28 de abril de 2025, con documentación accesible hasta el 9 de julio de 2025. Si el plan contempla la construcción de 5.862 nuevas viviendas y solo reserva un 4% para vivienda pública, ello supondría alrededor de 235 viviendas públicas frente al conjunto de nuevas viviendas previstas. Ese porcentaje resulta insuficiente en un concejo con ámbitos declarados como zona de mercado residencial tensionado, ya que la Ley estatal de vivienda establece que el suelo obtenido por deberes urbanísticos debe destinarse necesariamente a la construcción y gestión de viviendas sociales o dotacionales, salvo que se acredite la necesidad de otro uso de interés social. Por ello, antes de su aprobación definitiva del PGOU, la CUOTA debería corregir el PGOU para que el crecimiento urbanístico de Llanes se oriente de forma prioritaria a vivienda habitual asequible y no quede dominado por vivienda libre, segunda residencia o usos vinculados a la rentabilidad turística https://bit.ly/4cWhd84

El quinto eje sería actuar sobre el alquiler turístico, no porque la declaración de zona tensionada lo tope directamente, sino porque en estas localidades la presión turística forma parte del problema residencial. El Gobierno de Asturias ha indicado que la declaración de Llanes, Posada, Arenas y Poo permitirá aplicar medidas como contención de precios del alquiler, movilización de vivienda vacía o infrautilizada y refuerzo de iniciativas para favorecer el acceso a vivienda habitual. Para que eso tenga efecto, los ayuntamientos y el Principado deberían cruzar licencias turísticas, empadronamiento, catastro, fianzas de alquiler y anuncios en plataformas, de modo que se detecte qué viviendas han salido del mercado residencial y cuáles incumplen el uso declarado.

El resultado buscado no sería prohibir toda actividad turística, sino ordenar prioridades: vivienda habitual primero, actividad turística después y dentro de límites compatibles con la población residente. En núcleos concretos como Llanes, Posada, Arenas y Poo, esto implicaría cupos o restricciones urbanísticas a nuevas viviendas turísticas donde la oferta residencial sea insuficiente, inspección de viviendas turísticas ilegales, exigencia de licencia efectiva y medidas para reconducir vivienda al alquiler estable mediante incentivos o sanciones según corresponda. La clave es que el tope del alquiler residencial no quede neutralizado por el traslado masivo a usos de temporada o turísticos.

En conjunto, el escenario más sólido sería este: aplicar desde el primer día los topes de renta y la prórroga de contratos; crear una oficina pública de precios, contratos e inspección; obligar a que anuncios y contratos informen de renta anterior, índice, gran tenedor y finalidad real; sancionar fraudes y sobreprecios; movilizar vivienda vacía con incentivos, garantías y recargos fiscales; reservar suelo y rehabilitación para vivienda protegida o dotacional; y regular el uso turístico para que no expulse a la vivienda habitual. La experiencia catalana muestra que la contención puede bajar precios, pero también que solo funciona de forma duradera si va acompañada de control, datos, sanciones y aumento de oferta residencial asequible https://bit.ly/4d72TtD

La declaración de Llanes y Posada como zona de mercado residencial tensionado no surge por casualidad ni puede presentarse como un hecho aislado: es el resultado de un modelo acumulado durante once años de gobierno municipal de VecinosxLlanes y PP en el que la vivienda ha quedado demasiado subordinada a la lógica del mercado, del negocio inmobiliario y de la rentabilidad turística, en lugar de ser tratada como un bien esencial para fijar población. En un concejo como Llanes, donde vivir todo el año se ha vuelto cada vez más difícil para jóvenes, trabajadores y familias que necesitan una vivienda habitual, la intervención pública llega porque previamente no se actuó con la suficiente decisión sobre el alquiler residencial, la vivienda vacía, la presión turística, la falta de parque público y un planeamiento urbanístico que no sitúa la vivienda asequible en el centro. La llamada “zona tensionada” es, por tanto, la constatación administrativa de un fracaso político previo: si el mercado hubiera garantizado por sí solo el acceso a la vivienda, no habría sido necesario declarar tensionado el municipio. Y los datos demográficos son la prueba más clara de ese balance: Llanes tenía 13.694 habitantes a 1 de enero de 2015 y 13.486 a 1 de enero de 2025, es decir, menos población que cuando Enrique Riestra llegó a la alcaldía en 2015. Esa pérdida de 208 habitantes no explica por sí sola todas las causas del problema, pero sí demuestra que el modelo aplicado no ha servido para asentar población en el concejo. En ese contexto, seguir defendiendo un PGOU con una presencia residual de vivienda pública, acompañado por intereses como los representados por AVALL, supone insistir en una orientación que prioriza el crecimiento inmobiliario y la rentabilidad privada frente a la función social de la vivienda y las necesidades reales de los llaniscos. La zona tensionada no es el problema; es el síntoma oficial de una política municipal que durante años permitió que la vivienda dejara de ser una herramienta para vivir en Llanes y se convirtiera, en demasiados casos, en un producto de mercado https://bit.ly/4uooNzi

Para terminar el post quiero manifestar como epílogo, lo que deja esta declaración de zona tensionada en Llanes es una conclusión incómoda pero evidente: el problema de la vivienda no ha aparecido de repente, ni es fruto de una casualidad administrativa. Es la consecuencia de una política municipal que durante años no ha situado la vivienda habitual en el centro de las prioridades públicas. Llanes vive hoy una situación en la que demasiadas personas encuentran dificultades para residir en su propio concejo, mientras la vivienda ha sido tratada más como oportunidad de negocio que como condición básica para mantener población, arraigo y vida durante todo el año. Un gobierno sensible a las necesidades reales de los llaniscos habría anticipado este problema, habría impulsado vivienda pública, habría regulado con mayor firmeza los usos turísticos y habría defendido un planeamiento pensado para quienes quieren vivir en Llanes, no solo para quienes quieren rentabilizar Llanes.

La responsabilidad política del gobierno municipal de VecinosxLlanes y PP es difícil de esquivar. Tras once años de gestión, la declaración de zona tensionada funciona como una enmienda a la totalidad de su modelo: si hoy hay que intervenir el mercado del alquiler es porque antes se permitió que el mercado actuara sin una corrección pública suficiente. Y cuando la vivienda deja de ser accesible, el daño no se mide solo en precios, sino en jóvenes que se marchan, trabajadores que no encuentran dónde vivir, familias que no pueden asentarse y pueblos que pierden vida fuera de la temporada turística. Esa es la factura social de una política ultra que no ha entendido que sin vivienda habitual no hay municipio posible.

Pero la oposición socialista tampoco queda al margen de esta responsabilidad. Una oposición que se limita a aparecer una vez al mes en cada pleno, sin construir una alternativa firme, constante y reconocible, termina dejando demasiado espacio a quienes han hecho de los intereses de los llaniscos una cuestión secundaria. Llanes necesitaba una oposición capaz de fiscalizar, proponer, movilizar y frenar un rumbo municipal contrario a la función social de la vivienda. Sin embargo, la falta de iniciativa y de ambición política ha permitido que la ultraderecha más dura haya marcado buena parte del terreno sin encontrar enfrente una respuesta proporcional a la gravedad del problema.

Por eso, la zona tensionada debe leerse como algo más que una medida técnica. Es un aviso político. Llanes no puede seguir confiando su futuro a quienes han demostrado que la vivienda no es su prioridad, ni a quienes desde la oposición no han sabido convertir el malestar social en una alternativa eficaz. La vivienda es la base sobre la que se sostiene la población, la escuela, el comercio, el trabajo, los cuidados y la vida cotidiana. Cuando esa base falla, falla el municipio entero. Y hoy Llanes necesita algo más que prudencia, excusas o gestos de trámite: necesita una política de vivienda valiente, pública y al servicio de quienes quieren vivir en Llanes todo el año.

Ya lo dijo Andy Warhol: “Dicen que el tiempo cambia las cosas, pero en realidad es uno el que tiene que cambiarlas.”

 

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