El secretario general de la Federación Socialista Asturiana (FSA-PSOE) y presidente del Principado, Adrián Barbón, ha dado un paso adelante para volver a encabezar la candidatura socialista a la Presidencia de Asturias en las elecciones autonómicas de mayo de 2027. El anuncio se produjo ayer sábado durante el tradicional acto de homenaje a las víctimas del Pozu Funeres, en Laviana, un escenario de fuerte carga histórica y simbólica para el socialismo asturiano. Según recoge EFE, Barbón confirmó ante militantes y simpatizantes su disposición a intentar revalidar la Presidencia del Principado, lo que supondría optar a un tercer mandato consecutivo al frente del Gobierno asturiano. El dirigente socialista, que llegó a la Secretaría General de la FSA-PSOE en 2017 y preside Asturias desde 2019, explicó que la decisión llega después de un periodo de reflexión y en un momento que considera especialmente difícil para su formación política y para la propia democracia. “Si creo que hay que poner candidatos dentro que ganen fuera, sabiendo que debemos llegar a muchísima gente y concentrar el voto, quiero anunciar que me pongo a disposición del partido para encabezar la candidatura”, proclamó durante su intervención.
Barbón situó su decisión en la necesidad de “evitar que la involución se haga hueco en Asturias” y dejó claro que afronta el reto apelando a la trayectoria histórica del socialismo asturiano y a valores como la libertad y la democracia. “Con la fuerza de nuestra historia, de la memoria, de la pasión por Asturias, del sentimiento, de la voluntad”, afirmó, reivindicando al PSOE como un proyecto que ha hecho de “la defensa de la libertad y la democracia” una parte fundamental de su historia. El mensaje adquirió un tono todavía más personal cuando aseguró estar dispuesto a poner nuevamente “toda mi vocación de vida al servicio de Asturias”, con el propósito de defender los intereses de la comunidad, intentar ganar nuevamente las elecciones y evitar que Vox pueda acceder al Gobierno del Principado. Barbón considera que la próxima cita con las urnas tendrá una trascendencia especial y ha advertido de que las autonómicas de 2027 serán “las más complejas de la última década”, en un escenario en el que el PSOE deberá ampliar su base electoral si quiere conservar el Gobierno asturiano.
La preocupación del presidente se produce, además, en un contexto electoral que presenta dificultades para los socialistas. Una encuesta de Sigma Dos para El Mundo, realizada entre el 16 de agosto y el 3 de septiembre y recogida por Electográfica, sitúa al PSOE en el 32,4 % de los votos y entre 15 y 17 diputados, frente al 32 % del PP, que obtendría entre 16 y 17 representantes, mientras que Vox alcanzaría el 17,9 % y entre siete y nueve escaños. Teniendo en cuenta que la mayoría absoluta de la Junta General se encuentra en 23 diputados, la estimación abre la posibilidad de una mayoría parlamentaria de PP y Vox, aunque, como sucede con cualquier sondeo, se trata de una fotografía demoscópica del momento y no de un resultado electoral. Este escenario ayuda a entender la insistencia de Barbón en que la FSA debe seleccionar candidatos capaces de atraer apoyos más allá de las propias filas socialistas y también su reconocimiento de que “nuestro partido electoralmente está resentido”.
Precisamente esa fue una de las ideas centrales de su intervención en Funeres. “Hay que votar a quien gane dentro, pero sobre todo que gane fuera”, afirmó Barbón, defendiendo que los candidatos socialistas no pueden limitarse a contar con el respaldo de las estructuras internas del partido, sino que deben ser capaces de obtener el apoyo de sectores mucho más amplios de la sociedad. Esta posición ya había sido expresada por el dirigente asturiano meses antes, cuando reclamó a la FSA-PSOE candidatos con capacidad para “ganar fuera”, según recogió elDiario.es Asturias. Barbón pretende, por ello, abrir el proyecto a personas que no se consideren necesariamente socialistas, de izquierdas o incluso vinculadas a una ideología determinada. “Cada voto va a ser fundamental en estas elecciones”, aseguró, al tiempo que defendió la necesidad de escuchar “muchas voces” para elaborar el futuro programa electoral. De acuerdo con lo publicado por EFE, su intención es que el programa socialista pueda convertirse en “el programa de Asturias” y no únicamente en el programa del PSOE, tratando así de ensanchar su espacio político y electoral de cara a 2027.
Buena parte del discurso estuvo inevitablemente ligado al escenario en el que se celebraba el acto. El Pozu Funeres constituye uno de los principales lugares de memoria vinculados al socialismo asturiano y recuerda a 22 personas asesinadas por el franquismo en 1948 y arrojadas a una sima natural de la sierra de Peñamayor, según recuerda EFE en su información sobre el homenaje. Barbón aprovechó ese contexto para establecer un paralelismo entre las enseñanzas de la historia europea y determinados fenómenos políticos actuales. Recordó el ascenso del nazismo en Alemania, defendió la necesidad de establecer “cordones democráticos” frente a Vox y apeló especialmente a la derecha democrática para marcar distancias con la extrema derecha. “Estamos a tiempo de que la historia no se repita”, advirtió. El presidente asturiano recordó igualmente que “el nazismo también ganó elecciones”, utilizando esta referencia histórica para insistir en que el funcionamiento de los mecanismos electorales no elimina la necesidad de defender los valores y principios democráticos.
En esa misma línea, Barbón recomendó a los asistentes la lectura del ensayo Síndrome 1933, utilizando la Alemania de comienzos de los años treinta como referencia para advertir de los riesgos que, en su opinión, atraviesan actualmente las democracias occidentales. Reivindicó asimismo la conservación de los lugares de memoria como una “vacuna frente a la intolerancia” y alertó de la existencia de un mundo cada vez más inestable que “se asoma al borde del abismo”. La vinculación entre memoria histórica, democracia y derechos sociales ha sido habitual en las intervenciones de Barbón en Funeres. En el homenaje celebrado en 2024, por ejemplo, ya había afirmado que “la verdadera libertad es la que se basa en la justicia social, en la igualdad y en las libertades”, según recoge la Federación Socialista Asturiana.
El presidente combinó estas advertencias con una reivindicación de la gestión desarrollada durante sus dos mandatos al frente del Principado, aunque alertó de que los avances conseguidos durante estos años no tienen por qué mantenerse indefinidamente. “No creáis que esto es eterno”, señaló, antes de advertir de que “la derecha y la extrema derecha irán a por todo”. Uno de los ejemplos utilizados fue la Universidad de Oviedo. Barbón planteó qué podría ocurrir con las políticas universitarias si la extrema derecha llegase al Ejecutivo autonómico y afirmó que podrían producirse retrocesos como la eliminación de la gratuidad de la primera matrícula: “Pues prohibiendo la matrícula gratuita, se acabó; volviendo a pagar y a ser posible que se pague más”. El argumento del dirigente socialista es que determinadas políticas sociales desarrolladas durante sus gobiernos podrían ser revertidas dependiendo de la mayoría política que salga de las urnas en 2027.
Esta defensa de su gestión enlaza con el discurso que el presidente había pronunciado pocos días antes en la Junta General. El Gobierno del Principado de Asturias recogió entonces las palabras de Barbón destacando que durante sus años de gobierno Asturias ha ganado población e inversiones y ha reforzado los servicios públicos, además de avanzar su intención de que el próximo presupuesto autonómico mantenga una marcada orientación social. Sin embargo, Barbón quiso diferenciar claramente la preparación electoral de la FSA-PSOE de la actividad institucional del Ejecutivo. El Gobierno del Principado, aseguró, no está en precampaña y continuará trabajando hasta el último momento de la legislatura, mientras que el partido sí debe comenzar a organizarse y prepararse para unas elecciones que considera especialmente difíciles.
La voluntad expresada en Funeres despeja así una de las principales incógnitas políticas ante las autonómicas de 2027, aunque la candidatura deberá seguir los correspondientes procedimientos internos del PSOE. Como señala Asturias Mundial, el anuncio supone en la práctica que Barbón quiere volver a liderar el proyecto socialista asturiano y buscar un tercer mandato al frente del Principado. Después de las victorias socialistas de 2019 y 2023, el desafío será hacerlo en unas circunstancias políticas distintas, con un PP que aspira a disputar directamente la primera posición al PSOE y con Vox reforzado en las estimaciones electorales. Frente a ese panorama, Barbón parece dispuesto a construir su estrategia sobre tres pilares: ensanchar la base electoral socialista, atraer a ciudadanos situados más allá de la izquierda tradicional y movilizar el voto presentando las elecciones de 2027 como una decisión entre dos modelos políticos diferentes para Asturias.
El escenario escogido para realizar el anuncio reforzó precisamente ese mensaje. Ante los militantes y simpatizantes reunidos en el Pozu Funeres y después de recordar a quienes fueron represaliados y asesinados durante la dictadura franquista, Barbón vinculó su futuro político con la defensa de la memoria, las libertades y el modelo social desarrollado durante sus años de gobierno. Su intención de volver a presentarse queda así políticamente despejada, aunque todavía tenga que recorrer el procedimiento orgánico correspondiente dentro del partido. Y lo hizo cerrando buena parte del sentido de su intervención con una frase que resume el tono con el que pretende afrontar el camino hacia las próximas autonómicas: “Rendirse no es una opción”.
Llanes constituye un magnífico laboratorio para observar las consecuencias de esa política. Durante años, el denominado “trevinismo” ejerció un enorme peso dentro del socialismo llanisco mientras crecía fuera del partido una demanda de renovación de personas, comportamientos y formas de entender la política municipal. La dirección de Barbón tuvo oportunidades para impulsar una renovación profunda y no lo hizo con la determinación necesaria. Cabe preguntarse si pesó más conservar la tranquilidad orgánica de una agrupación importante dentro de la FSA que afrontar el coste de abrir puertas y ventanas para ventilar el partido en una organización necesitada de reconectar con una sociedad que estaba cambiando. Sea cual sea la respuesta, el resultado político está a la vista: el PSOE perdió en 2015 una Alcaldía que había gobernado durante décadas y, desde entonces, no ha conseguido recuperarla, por mucho que haya querido imponer a los llaniscos sus “lentejas políticas”.
Y mientras eso ocurría, el partido fascista VecinosxLlanes fue ocupando buena parte del espacio político dejado libre por el retroceso socialista, primero como fuerza determinante y posteriormente formando gobierno junto al Partido Popular. Desde una perspectiva crítica con ese Ejecutivo municipal, el balance ofrece motivos suficientes para una oposición socialista contundente: Llanes continúa sin culminar una solución definitiva a una cuestión estructural como el planeamiento urbanístico; persisten problemas relacionados con el abastecimiento de agua, el saneamiento y diferentes servicios públicos; y, al mismo tiempo, el gobierno municipal ha dedicado importantes recursos y atención política a actuaciones mucho más visibles y susceptibles de rentabilidad electoral, entre ellas las relacionadas con el campo de golf municipal o el proyecto del antiguo Cinemar. El problema no consiste únicamente en discrepar sobre prioridades presupuestarias: consiste en preguntarse cómo, ante semejante escenario, el PSOE llanisco no ha sido capaz de reconstruirse como una alternativa política poderosa, reconocible e ilusionante.
Ese debería ser el verdadero motivo de preocupación para Barbón. Después de años fuera de la Alcaldía, el socialismo llanisco llega a las próximas municipales necesitado de recuperar credibilidad, presencia social y capacidad de iniciativa, precisamente cuando el contexto político exige una oposición mucho más intensa. No basta con ocupar unos escaños en el salón de plenos ni con mantener una estructura orgánica que funcione internamente. Una organización política existe para transformar la sociedad y convencer a los ciudadanos. Cuando deja de hacerlo y convierte su propia supervivencia interna en el objetivo fundamental, comienza la decadencia. Y cuando sus representantes transmiten la impresión de estar más preocupados por conservar posiciones que por asumir riesgos políticos, renovar equipos o enfrentarse a los poderes establecidos, el electorado termina buscando otras opciones o, sencillamente, se queda en casa.
Lo verdaderamente grave es que Llanes no parece constituir una excepción aislada. Gijón presenta síntomas diferentes de una enfermedad política muy parecida. Allí, el peso orgánico de José Ramón “Monchu” García dentro de la Agrupación Socialista de Gijón ha sobrevivido a diferentes etapas electorales y a candidatos que terminaron pagando personalmente resultados de los que difícilmente puede responsabilizarse únicamente a quien aparece en el cartel. El caso de Luis Manuel Flórez “Floro” resulta especialmente ilustrativo. Cuando un candidato no consigue el objetivo electoral esperado, resulta muy sencillo convertirlo en responsable del fracaso. Mucho más difícil es preguntarse quién diseñó la estrategia, quién participó en la selección del candidato, quién controlaba la organización y qué responsabilidad corresponde a quienes permanecen cuando los candidatos desaparecen.
Una organización política madura no puede funcionar mediante sacrificios rituales después de cada derrota electoral. Si los resultados son malos, la responsabilidad debería recorrer toda la cadena de decisiones. Quienes seleccionan candidatos, diseñan estrategias, controlan los órganos internos y determinan la orientación política también deberían someterse al mismo examen que aquellos que finalmente ponen la cara ante los electores. De lo contrario se genera una estructura extraordinariamente cómoda: los dirigentes orgánicos sobreviven mientras los candidatos se convierten en material reemplazable. Cambia el rostro del cartel, pero permanece intacto el aparato que tomó las decisiones anteriores. Y así resulta extraordinariamente difícil recuperar la confianza perdida.
La paradoja gijonesa resulta todavía mayor porque el PSOE dispone de un amplio terreno sobre el que construir una oposición política. El gobierno de Carmen Moriyón ofrece decisiones y contradicciones suficientes para desarrollar una alternativa socialista sólida. Entre ellas figura el pacto alcanzado con Vox después de una campaña en la que Foro había tratado de marcar distancias respecto a los extremos políticos, además de controversias relacionadas con decisiones económicas y administrativas de anteriores etapas de gobierno. A ello se suma uno de los grandes problemas de Gijón y de toda Asturias: la vivienda. La oposición tiene derecho a exigir resultados concretos y a cuestionar las políticas municipales cuando considera insuficiente la respuesta ante las dificultades de acceso a una vivienda asequible. Precisamente por eso resulta difícil comprender que, disponiendo de asuntos de enorme relevancia social sobre los que construir una alternativa, el socialismo gijonés no haya conseguido transformar el desgaste del gobierno municipal en una recuperación evidente de su propia fortaleza política.
Y aquí regresamos inevitablemente a Adrián Barbón. Porque resulta demasiado cómodo reclamar ahora candidatos que “ganen fuera” sin realizar previamente una reflexión profunda sobre por qué durante tantos años se toleraron estructuras cuyo principal mérito parecía consistir en ganar dentro. El secretario general de la FSA no puede presentarse como un observador externo de lo sucedido en las agrupaciones asturianas. Lleva al frente de la Federación Socialista Asturiana desde 2017. Ha tenido tiempo, autoridad política y capacidad de influencia suficientes para impulsar procesos profundos de renovación. Allí donde existían agrupaciones deterioradas, enfrentadas con una parte de su sociedad o incapaces de recuperar espacios electorales perdidos, podía haber utilizado su liderazgo para promover nuevos equipos, favorecer aperturas, exigir responsabilidades y reclamar una transformación real de las organizaciones.
No hacerlo también constituye una decisión política. La pasividad nunca es neutral cuando quien la practica dispone del poder suficiente para intervenir. Mirar hacia otro lado ante organizaciones que pierden elecciones mientras conservan intactos determinados equilibrios internos supone aceptar implícitamente que esos equilibrios resultan tolerables. Y ese es uno de los grandes reproches que pueden realizarse a la etapa de Barbón como secretario general: haber demostrado mucha más capacidad para mantener cohesionada la arquitectura interna de la FSA que coraje para provocar las renovaciones traumáticas que algunas agrupaciones necesitaban. Porque renovar de verdad significa asumir conflictos, enfrentarse a compañeros, romper redes de influencia, decir a determinadas personas que su tiempo político ha terminado y aceptar incluso perder congresos internos para intentar recuperar posteriormente a la sociedad.
Ahí reside la contradicción fundamental de su discurso de Funeres. Barbón pide ahora abrir las puertas cuando durante demasiado tiempo permitió que determinadas ventanas permanecieran cerradas. Reclama escuchar “muchas voces”, pero habría sido conveniente escuchar mucho antes las voces que desde diferentes municipios advertían del deterioro electoral socialista. Solicita candidatos capaces de ganar fuera después de años en los que el aparato parecía valorar especialmente a quienes garantizaban estabilidad dentro. Habla de llegar a personas que ni siquiera se consideran de izquierdas cuando todavía existe una tarea pendiente mucho más elemental: recuperar a antiguos votantes socialistas que se alejaron porque dejaron de reconocerse en determinadas organizaciones locales.
La gravedad del momento explica probablemente este cambio de discurso. Barbón ha visto finalmente las orejas al lobo electoral. El crecimiento del partido fascista Vox, la fortaleza de la derecha extrema del PP y la posibilidad de que las derechas puedan construir una mayoría alternativa en Asturias, convierten las próximas elecciones en una amenaza real para la continuidad socialista en el Principado. Y entonces aparece la llamada a concentrar el voto, a incorporar independientes, a escuchar a quienes están fuera del PSOE y a construir un proyecto suficientemente amplio como para impedir un cambio de gobierno (nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena). Es legítimo hacerlo. Incluso puede ser políticamente inteligente. Pero resulta inevitable advertir una enorme contradicción: se pide auxilio a la sociedad después de no haber escuchado suficientemente a esa misma sociedad cuando reclamaba cambios dentro del partido.
Barbón quiere ahora que ciudadanos que no pertenecen al PSOE, que quizá nunca hayan militado y que incluso pueden no considerarse de izquierdas ayuden a levantar una barrera electoral frente al avance de la derecha extrema (PP o Foro) y la ultraderecha (Vox). Pero esa petición implica una obligación previa. No se puede pedir a quienes están fuera que saquen las castañas del fuego a quienes se han resistido a cambiar dentro. Si el socialismo asturiano pretende convertirse realmente en un gran espacio de concentración democrática, tendrá que demostrar que la apertura anunciada no consiste simplemente en buscar votos prestados para conservar el Gobierno del Principado. Abrirse significa compartir decisiones, incorporar nuevas personas, renovar candidaturas, aceptar críticas y desplazar a quienes hayan demostrado reiteradamente que ya no poseen capacidad para conectar con sus respectivas sociedades.
De lo contrario, el llamamiento de Funeres corre el riesgo de interpretarse como una gigantesca operación de supervivencia. “Necesitamos a todo el mundo porque ahora podemos perder”, cuando durante años el mensaje implícito fue “no necesitamos cambiar porque seguimos controlando el partido”. Esa contradicción debería preocupar mucho más a Barbón que cualquier encuesta. Los partidos rara vez comienzan a morir cuando pierden unas elecciones; comienzan a deteriorarse cuando confunden la fidelidad de sus militantes con la confianza de los ciudadanos, cuando consideran una agrupación saludable porque sus congresos transcurren según lo previsto y cuando el principal criterio para medir el éxito político pasa a ser quién controla una ejecutiva en lugar de cuántas personas continúan creyendo en el proyecto.
Llanes y Gijón deberían servir de advertencia. No puede existir un socialismo asturiano electoralmente fuerte sostenido sobre agrupaciones localmente debilitadas. Tampoco puede pedirse concentración del voto frente a Vox mientras se mantienen estructuras incapaces de generar entusiasmo en sus propios municipios. Si Barbón considera realmente que nos encontramos ante unas elecciones decisivas, debería aplicar hasta sus últimas consecuencias aquello que él mismo dijo en Funeres: hay que elegir a quienes puedan ganar fuera. Y eso significa aceptar que algunos de quienes llevan años ganando dentro quizá tengan que marcharse.
Ahí aparecerá el verdadero examen del secretario general de la FSA. Pronunciar un discurso de apertura resulta sencillo; enfrentarse a los propios aparatos es mucho más difícil. Hablar de renovación resulta sencillo; promoverla cuando afecta a personas próximas políticamente es otra cosa. Pedir generosidad a los ciudadanos es sencillo; demostrarla renunciando a cuotas internas, equilibrios históricos y dirigentes amortizados exige bastante más coraje.
Por eso, las declaraciones pronunciadas en el Pozu Funeres pueden terminar siendo importantes, pero no tanto por el anuncio de que Adrián Barbón está dispuesto a volver a presentarse como por lo que debería venir después. Lo verdaderamente importante será comprobar si está dispuesto a hacer dentro del PSOE aquello que ahora reclama hacia fuera: cambiar para poder ganar. Y, como ciudadano ajeno a los partidos políticos, que lleva años observando el comportamiento de sus apparátchik, tengo serias dudas de que exista una voluntad real de hacerlo. Porque una cosa es proclamar la necesidad de abrir el partido cuando las encuestas comienzan a dibujar un horizonte preocupante y otra muy distinta enfrentarse a quienes han convertido determinadas estructuras orgánicas en pequeñas parcelas de poder prácticamente intocables. Si Barbón cree realmente que la democracia asturiana afronta una amenaza extraordinaria ante el crecimiento de la derecha extrema y ultraderecha, tendrá que demostrarlo adoptando decisiones igualmente extraordinarias dentro de la organización que dirige, aunque resulten incómodas y afecten a quienes hasta ahora han formado parte de sus equilibrios internos. No resulta coherente reclamar movilización, sacrificio y concentración del voto a miles de ciudadanos mientras se permite que determinados dirigentes continúen aferrados a sus espacios de poder como si nada hubiera cambiado. No puede exigirse generosidad política a quienes están fuera mientras quienes están dentro se resisten a practicarla.
Porque quizá el problema del socialismo asturiano no sea solamente que PP, Foro, Vox o fuerzas locales como VecinosxLlanes hayan crecido. Quizá una parte del problema sea preguntarse qué hizo —o qué dejó de hacer— el propio PSOE para permitir que crecieran mientras él retrocedía en determinados territorios. Esa es la autocrítica que todavía falta en el discurso de Barbón. No basta con señalar el peligro que viene enfrente. También hay que tener el coraje de mirar hacia atrás, reconocer errores propios y explicar por qué se permitió durante años aquello que ahora, cuando el poder autonómico puede estar en juego, parece haberse convertido repentinamente en una urgencia.
El socialismo asturiano todavía tiene tiempo para reaccionar, pero reaccionar no significa únicamente llamar a filas a sus votantes tradicionales ni pedir ayuda a quienes se encuentran fuera de sus fronteras. Significa renovar donde haya que renovar, sustituir a quien haya demostrado agotamiento, recuperar la calle, reconstruir agrupaciones debilitadas y devolver la política municipal a los problemas cotidianos de los ciudadanos. Significa entender, en definitiva, la frase que el propio Barbón pronunció en Funeres y llevarla hasta sus últimas consecuencias: de nada sirve ganar permanentemente dentro sí, mientras tanto, se está perdiendo fuera.
Ese es precisamente el dilema que ahora tiene delante Adrián Barbón. Durante años pudo permitirse administrar equilibrios internos porque el poder autonómico parecía relativamente seguro. Ahora ese colchón se estrecha y se ha difuminado, a la vez que descubre que necesita a quienes están fuera del PSOE para conservar aquello que los de dentro, por sí solos, quizá ya no puedan garantizar. La petición de auxilio puede ser legítima, pero solo resultará creíble si viene acompañada de una profunda renovación y de una asunción sincera de responsabilidades. Si no ocurre así, pedir a la sociedad asturiana que rescate electoralmente al PSOE mientras permanecen intactas las estructuras que contribuyeron a su desgaste no será apertura: será simplemente supervivencia.
Y quizá esa sea la gran cuestión que dejó sin responder el discurso del Pozu Funeres: si Barbón está dispuesto únicamente a volver a ser candidato o si, por primera vez, está dispuesto a asumir el coste político de cambiar realmente el partido que dirige.
Pero existe una última cuestión que Barbón debería tener muy presente, porque probablemente sea ya la más difícil de corregir: su problema no es únicamente electoral ni orgánico; empieza a ser también un problema de credibilidad y de tiempo perdido. Durante años dispuso de una posición suficientemente sólida al frente de la FSA-PSOE y del Gobierno del Principado como para acometer desde la fortaleza las renovaciones que algunas agrupaciones necesitaban. Podía haber abierto puertas cuando hacerlo significaba modernizar el partido, incorporar nuevas voces y anticiparse al desgaste. Podía haber exigido responsabilidades allí donde se acumulaban derrotas, sustituir estructuras agotadas y comprender que conservar una mayoría en una agrupación no significaba conservar la confianza de la calle. No lo hizo con la profundidad ni con el coraje necesarios y ahora pretende abordar desde la urgencia aquello que durante demasiado tiempo administró desde la comodidad.
Esa es precisamente la factura política de la inacción: los cambios que no se hacen cuando uno puede elegirlos terminan llegando cuando las circunstancias los imponen. Barbón podía haber renovado desde la tranquilidad; ahora puede verse obligado a hacerlo desde el miedo a perder. Podía haber abierto el partido cuando nadie discutía seriamente su posición; ahora necesita abrirlo porque reconoce que el PSOE está “electoralmente resentido”. Y podía haber escuchado a quienes desde fuera advertían del deterioro de determinadas agrupaciones cuando esas voces resultaban incómodas pero todavía había tiempo; ahora necesita precisamente a muchos de esos ciudadanos para construir la mayoría electoral que permita impedir una alternativa de PP y Vox.
Ahí está la contradicción que hace especialmente vulnerable su discurso del Pozu Funeres. No basta con tener razón cuando se advierte de los riesgos que puede representar la derecha extrema (PP) y la ultraderecha (Vox); también hay que explicar por qué se permitió llegar políticamente hasta este punto. Porque el crecimiento de Vox o el fortalecimiento de una derecha extrema cada vez más escorada no se produce en el vacío. Crecen también aprovechando desencanto, abstención, desconfianza y espacios abandonados por quienes anteriormente fueron capaces de representar a amplios sectores sociales. Y sería demasiado sencillo atribuir toda esa transformación exclusivamente a los méritos del adversario sin preguntarse por los deméritos propios.
Por eso existe un riesgo evidente en construir la próxima campaña fundamentalmente alrededor del miedo. “Que viene la derecha”, “que viene Vox” o “que podemos perder derechos” pueden ser advertencias legítimas, pero no constituyen por sí mismas un proyecto político. El miedo puede movilizar a una parte del electorado durante un tiempo, pero difícilmente recuperará a quien dejó de votar socialista porque se cansó de determinadas prácticas, de determinadas personas o de unas organizaciones que percibía demasiado preocupadas por sí mismas. Ese ciudadano puede compartir incluso la preocupación de Barbón por el crecimiento de la derecha extrema y la ultraderecha, sin embargo, preguntarle algo mucho más incómodo: ¿qué hiciste tú durante todos estos años para evitar que llegáramos hasta aquí?
Y esa pregunta no puede responderse culpando exclusivamente a Llanes, Gijón o cualquier otra agrupación. Barbón dirige la FSA-PSOE desde 2017 y gobierna Asturias desde 2019. Después de tantos años, ya no puede comportarse políticamente como quien acaba de llegar y descubre problemas heredados de otros. Una parte sustancial del socialismo asturiano actual se ha configurado bajo su liderazgo. Sus éxitos forman parte legítimamente de su balance, pero también sus omisiones. Si determinadas estructuras permanecieron enquistadas, si algunos dirigentes sobrevivieron políticamente a sucesivos retrocesos electorales y si durante demasiado tiempo se confundió estabilidad orgánica con fortaleza social, quien estaba al frente de la organización deberá asumir también su parte de responsabilidad.
Porque dirigir no consiste solamente en decidir qué se hace. También significa asumir las consecuencias de aquello que, pudiendo hacerse, se decidió no hacer. La pasividad política tiene resultados. Evitar un conflicto interno puede proporcionar tranquilidad durante unos meses, pero también puede aplazar una enfermedad durante años. Mantener determinadas estructuras puede garantizar votos en un congreso, pero provocar la pérdida de miles en unas elecciones. Proteger los equilibrios internos puede asegurar el control de una organización y, paradójicamente, contribuir a hacerla cada vez menos competitiva fuera de sus paredes.
Ese es precisamente el callejón al que puede haber llegado ahora Barbón. Necesita cambiar aquello que durante años necesitó conservar para mantener la estabilidad interna. Necesita candidatos capaces de “ganar fuera”, aunque eso signifique desplazar a algunos de quienes siempre supieron ganar dentro. Necesita escuchar a ciudadanos sin carné después de haber permitido que durante demasiado tiempo el carné tuviera un peso extraordinario en la distribución del poder interno. Y necesita convencer a quienes se alejaron de que ahora sí habrá renovación, precisamente cuando la proximidad de las elecciones puede hacer sospechar que esa renovación responde más a la necesidad que a la convicción.
Ese será el verdadero examen de su liderazgo. Porque la credibilidad no se recupera mediante un discurso, por brillante o emotivo que sea, sino mediante decisiones que tengan costes. Si realmente considera excepcional el momento político asturiano, tendrá que estar dispuesto a adoptar decisiones excepcionales dentro de su propio partido. Y eso supone asumir conflictos, incomodar a compañeros, terminar con determinadas inercias, abrir candidaturas, incorporar personas independientes y aceptar que algunos dirigentes que continúan teniendo poder orgánico han dejado de disponer de suficiente crédito electoral.
Si no está dispuesto a hacerlo, el llamamiento de Funeres quedará reducido a algo mucho más modesto: una llamada de socorro electoral de quien descubre que los votos de los de dentro ya no bastan y necesita urgentemente a los de fuera. Y ahí Barbón puede encontrarse con una sociedad mucho menos obediente de lo que algunos aparatos políticos imaginan. Los ciudadanos no tienen ninguna obligación de acudir al rescate de un partido porque ese partido considere especialmente peligroso al adversario. El voto no pertenece al PSOE, como tampoco pertenece a ninguna otra formación. Hay que conquistarlo, merecerlo y volver a merecerlo en cada elección.
Esta es quizá la diferencia fundamental entre movilizar y recuperar la confianza. Al votante desmovilizado se le puede convencer para acudir nuevamente a las urnas. Al votante decepcionado hay que demostrarle primero que aquello que provocó su decepción ha cambiado. Y ese segundo trabajo es muchísimo más difícil. No se resuelve apelando únicamente a la memoria histórica, denunciando a Vox o recordando lo que podría hacer un gobierno de derechas. Se resuelve demostrando que el PSOE también es capaz de mirarse a sí mismo, reconocer errores, retirar a quienes hayan agotado su tiempo político y ofrecer algo diferente a aquello que provocó el alejamiento de una parte de sus antiguos votantes.
Por eso el verdadero enemigo de Barbón en 2027 quizá no esté únicamente sentado en los escaños del PP o de Vox. También estará en las casas de quienes un día votaron socialista y dejaron de hacerlo; en quienes dejaron de creer que su voto servía para cambiar las cosas; en quienes contemplaron durante años cómo determinadas estructuras sobrevivían a sus derrotas; y, sobre todo, en quienes pueden compartir su preocupación por la extrema derecha pero ya no están dispuestos a entregar un cheque en blanco al PSOE para detenerla.
Ese electorado es el que Barbón necesita ahora. Y precisamente por eso su situación resulta mucho más complicada de lo que refleja cualquier encuesta. Porque puede diseñarse una campaña, cambiarse un candidato y construirse un programa en pocos meses, pero la confianza perdida durante años no se reconstruye en una precampaña.
Ahí está probablemente la consecuencia más grave de todo este tiempo. Barbón ya no administra solamente el poder: administra el tiempo perdido. Cada renovación aplazada, cada conflicto interno evitado, cada estructura agotada que se permitió sobrevivir y cada advertencia que no quiso escucharse fueron consumiendo un tiempo político que ahora necesita desesperadamente. Lo que podía haberse hecho paulatinamente tendrá que hacerse deprisa; lo que podía haberse presentado como renovación voluntaria corre ahora el riesgo de parecer supervivencia; y lo que podía haberse explicado desde la fortaleza tendrá que explicarse bajo la presión de unas urnas que pueden desalojar al PSOE del Gobierno del Principado.
Ese es el verdadero horizonte que debería preocupar al secretario general de la FSA. No solamente que PP y Vox puedan sumar, sino descubrir demasiado tarde que una parte de la sociedad que podría impedirlo ya no está dispuesta a acudir automáticamente al rescate del PSOE. Porque ningún partido tiene escriturado el voto democrático, ni siquiera cuando se presenta como barrera frente a quienes considera una amenaza para derechos y libertades.
Por eso, después del discurso del Pozu Funeres, a Barbón ya no debería bastarle con pedir ayuda, concentración del voto o generosidad a quienes están fuera. Ahora le corresponde demostrar generosidad dentro. Tendrá que decidir si protege nuevamente los equilibrios internos o protege las posibilidades electorales de su partido; si conserva a quienes controlan agrupaciones o busca a quienes puedan recuperar sociedades; si administra el aparato o se atreve finalmente a transformarlo.
Porque quizá esa sea la gran paradoja con la que Adrián Barbón llega a este nuevo escenario electoral: durante años tuvo poder para cambiar el PSOE sin necesitar a quienes estaban fuera; ahora necesita desesperadamente a quienes están fuera porque no cambió suficientemente el PSOE cuando tenía poder para hacerlo.
Y esa contradicción no la resolverá ningún discurso.
La resolverán sus decisiones. Y esta vez, probablemente, ya no le queda demasiado tiempo para tomarlas.
Ya lo dijo Antonio Gramsci: «La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer.»


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